Gigante

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Los chicos me estaban hartando con sus tonterías
así que les dije que sacaran sus cheiras
y me las clavaran en esófago, corazón y pulmones.
En un principio intercambiaron miradas.
Finalmente decidieron hacerlo.
Era imposible.
Sus miradas de incredulidad se traducían
en nuevas puñaladas.
Ni siquiera salía sangre.
Pararon y preguntaron ¿Por qué, hijoputa? ¿Por qué?
Dije que no lo sabía y me fui.
Las escasas veces que volví a encontrarme
con algún miembro de ese grupo
de camino a por el pan o a coger el metro
ni siquiera nos saludamos.

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