Amanecer cántabro

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Mi cerebro desea brotar como una genciana
en el balcón de los recuerdos
donde una abuela buena mece en sus brazos
mi cuerpo que reacciona
como mercurio en el interior de un termómetro.
Mi fe es el tronco amarillento de un eucalipto
que se mueve con la brisa cántabra
hasta que me hiciera llegar su hedor
al hipotálamo
necesitado
y aún ausente de la vida
en la mismidad de un mar, no obstante, en calma.

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