Extraños en el parón del vuelo en ciertas aves

Son las siete de la madrugada y hace frío. Calculo haber entrado en la casa sobre las tres y media o cuatro. Una taza de café vacía aparece en el centro de la mesa junto con notas destinadas al cálculo de ciertos desvaríos encontrados en el parón del vuelo de los grajos y facturas de esto y de lo otro. Cerca de las diez un tipo llamó para informarme de ciertas ofertas en el sector vinícola de un par de empresas de Guadalajara. Colgué cuando amenazaba con repetirse sobre el ahorro de unos cuantos beneficios que yo no soportaba. Acto seguido llamé a uno de mis amores para decirle que odio con fervor la cháchara de los enólogos. Me advirtió sobre el peligro. Sí, cariño, lo sé. Me gusta el peligro, mucho más que el vino y muchísimo más que la gente que rodea el vino. Colgué. Eliminé su número. A las siete de hoy ya no recordaba su nombre. Me son molestas las personas dadas a una fascinación consistente en hacerme dirimir sobre mis errores. Si pienso en ellos dejan de existir o se ocupan de un mal menor como pudiera llegar a ser la circunstancia de morar en mi pensamiento. El hecho de que yo nací sin mente es más real que un cerebro. En una ocasión supuse su muerte de puro rancio, un hastío replegado sobre sí. Elevé mis dosis de antipsicóticos en un 180%. Sólo hay un enigma y es el hecho de que la nada siga ahí, quieta, como si yo no hubiera llegado, en un momento determinado, a haber salido o entrado en la casa. Me contemplo en ella. Nazco y, acto seguido, realizo una mala imitación de una persona que se negó a nacer. Morir es muchísimo menos difícil. También se muere solo. Es una especie de ejercicio parecido al nacimiento en cuanto a ese aspecto, pero da muchos más problemas. El hecho de que no tengan solución podría erigirse como causa primordial de que no existen. De doce a una he estado sentado en la barra del bar de una calle llena de ellos. He pedido un mosto. Acompañada de dos señoras más y un tipo, ha realizado entrada ella. Vi que me miraba. Mientras degustaba mi mosto era consciente de que soy una persona más o menos conocida debido a mis producciones sobre El vino de los borrachos. No pude evitar mirarla con descaro y, cuando ella giraba su cabeza hacia mi mirada, volvía a concentrarme en mi copa. Pedí un Nestea. La situación llegó a ser exasperante, al menos para ella. Se me pasó por la cabeza instarle a una invitación. Hacerle llegar el motivo por el que no podía parar de mirarla. Me concentré en mi Nestea y procuré suficiente aplomo. Me dije que, tarde o pronto, sería capaz. Dudaba si conocía a esa vagabunda de algo. El resto de señoras y el tipo que las acompañaba se encontraba mirándome. Por un momento la cosa me invitó a que pensase que me habían reconocido, debido al programa. Les miré. Leí de los labios de una de sus acompañantes las palabras ¿Sabes quién es? Miré mi vaso. Estaba vacío. Sentí vergüenza, más por ellos que por mí. El mosto y el Nestea me habían aburrido lo suficiente, así que pedí un destilado irlandés y me decidí olvidar a esa pobre vagabunda y el resto de desgraciados que la rodeaban. Fue poco después cuando reparé en el espejo que habitaba el fondo de la barra. Me descubrí, en cierto modo. Estuvo cerca de hacerme gracia el hecho de pronunciar ante mi imagen las palabras que había leído en los labios de una de esas pobres señoras. Le dije al camarero que, por favor, eliminara un par de hielos de mi vaso ancho. El destilado sabía a agua de mar. No me dijo gran cosa. Noté que mis transformaciones ante el espejo cesaban. Oh, mierda, pensé, tendría que reinventarme de nuevo. Era aburrido, procuraba cierto ejercicio, pues declaraba la intención de nacerse. Al pasar por mi lado la mendiga junto a su gente me preguntaron si les conocía de algo y dije que no. Marcharon. Ni siquiera me hice una idea de la cara de la mendiga que había osado que me fijara en ella. Para mí ya sólo existía un espejo donde no terminaba de ser yo alguien que, si acaso, alguna vez, había hecho uso del hecho de haber estado vivo. Bebí. El sabor del destilado era agua podrida. Seguí bebiendo. Recordé mis facturas y mis anotaciones sobre contrariedades en los virajes respecto al vuelo de alguna que otra tórtola. Un vecino mío da pan a esas ratas. Están invadiendo las terrazas vecinas. A veces supongo enfermedades contraídas debido al acercamiento de esos bichos a la zona. Procuro imaginar una muerte digna para ese echapán. La religión ya había muerto cuando debió de darse al nacimiento, pero existen familias muy retrógradas. Insistí, en mis imaginaciones, en el acto de abrazar a esa basura humanoide, Entristecí. Por eso existe (existió) un destilado. Acto seguido de acabarlo me di de nuevo al Nestea, que sabía a vecino muerto. Recuerdo que el teléfono sonó. Se trataba de mi padre enfermo. No lo cogí. Poco después el camarero me pidió, por favor, que abonase las consumiciones, pues iban a cerrar. Dije que alguien me había robado la cartera, seguramente esas mendigas que habían abandonado el bar antes que yo. ¿Tenían aspecto como del Este, no? España se está llenando de escoria. No coló, así que pagué. Luego me fui, me perdí en mi ciudad. Llegado a casa, recuerdo calmar mi desasosiego con una dosis infrecuente de neurolépticos. Hace frío. Son algo más de las siete. No tengo nada. No soy. El espejo del fondo de la barra del bar deletrea la palabra «mendiga». Mi corazón está roto. Descubro un mail de mi enfermo padre donde me recrimina el hecho de que le debo dinero al seguro. Asegura que alguien le ha informado de que si no pago esa deuda le será retirada la medicación que le hace olvidarse de que, al menos una vez, tuvo una vida. Lo prefiero sin acordarse de nada. Lo prefiero como su hijo. Alguien que nunca hizo, salvo respirar, algo durante la vida. Recuerdo el sabor del destilado y me procuro, en torno a ello, identificaciones con una cara que termino relacionando con la taza de café vacía. No sé por qué olvidé su nombre. Ya no puedo llamarla. Dudo si nacer o ceder ante la voracidad del sueño. Calculo otra dosis. Recuerdo mi programa. Hace poco visitaba con una conocida el hospital donde nací por vez primera. Hoy apenas tengo una cabeza que no contiene más que grasa y una taza de café sin nada dentro. Las tórtolas empiezan a acudir sobre estas horas. Calculo que debe o debiera ser octubre.

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