Vida amorosa (26/10/07)

Desde bien pequeño adopté la costumbre de echarme una de las numerosas muñecas de trapo de mi inventada hermana como novia con la que salir y celebrar nuestra unión, una vez, otra y desde siempre (a veces me contesta aún en este medio, y la respondo).

Nuestra relación iba en crescendo, por lo cual, comenzamos a amarnos con la curiosidad en el otro del que empieza. Hicimos divertidas cenas, babeábamos ante la tortilla con un ansia que, fingida, era de nuestro común agrado. Pedíamos el menú en los restaurantes y, ante el plato de spaguetis de ella, dejaba mezclar los tomates de mi exquisita ensalada. Etc… Empezamos a amarnos y no encontramos continuidad ni en el menú ni en el lecho que, desde el inicio de nuestra relación, compartíamos con pasión nunca fingida y orgasmos que, dejándose o no fingir, cuadraban en el costumbrismo apadrinado con la sencillez de unas colillas dejadas para encender, sentado en la cocina, en cualquier momento de la jornada.

Éramos felices y procuramos llegar lejos en nuestro común amor hacia el otro. El canibalismo, de inicio, no participaba de nuestra idea como una viabilidad, sino algo extremo, del todo reprochable y relacionado con lo que acordamos “fascismo exótico”. Pero todo fue empezar, como cualquier historia.

Nos vimos en ello y continuamos, con agradables progresos. Pasado ya el primer mes, apenas salíamos a la calle, nos confundían fácilmente con las muñecas de trapo para las que en un inicio fuimos diseñadas (ella al menos). Volvimos a nuestra naturalidad durante más y mejores tiempos y todo eso sirvió para que nos entendiéramos mejor. Hoy, con apenas hueso de donde agarrarla, rebaño alguna paletilla con un labio inferior del todo carcomido por mi novia y, juntos, en el lecho inspeccionamos diferentes puntos de interés ya probados en el otro donde, lo quiera el amor, habite quizá un placer aún desconocido.
La verdad: Nos hemos ahorrado la propina en muchos sitios y hoy, sabemos, el placer es una cosa del espíritu.

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