Quien lo probó, lo sabe

A finales de los sesenta, William Burroughs, bien instalado en lo que llamó su búnker, en Saint James (Londres), grabó los fragmentos de un carismático discurso reunido en unos casetes cuyo contenido, siempre de manera aproximativa, se encuentra a menudo tergiversado por un legado y una figura que representa, entre otras cosas, la huida de ...