Padre e hijo

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A veces el insomnio se hace suyo y no hay medicina que lo cure. Procura, no obstante, llevarlo bien. Una taza de té caliente se enfría mientras el chico abre una lata de atún y procede a comer con las manos su contenido. Un cigarro, otro. La vida se llevará la mesa que sostiene el cenicero. La ceniza de ese cenicero sólo será la noche anterior cuando, en la noche siguiente, repita la operación. Padre se levanta y le pregunta si quiere tomar una copa con él. ¿Lo de siempre? Sí, dos piedras de hielo, por favor. El chico, sin embargo, odia la manía de su padre de no parar de hablar mientras cada uno consume lo suyo. No es que no encuentres trabajo -dice- si lo buscaras, lo encontrarías. La vida es sencilla -dice-, encuentras un buen trabajo y una muchacha -continúa- luego se la metes bien dentro y, sin quererlo, ya has cumplido la mitad de los objetivos que te ofrecerá la vida. Papá -habla el muchacho-, ve a dormir de nuevo. Enciende un nuevo cigarro. El padre le dice que es una lástima que no haya heredado de su parte la humildad a la hora de respetar el vaso. Lo ensucias con baba -dice-, mira, yo bebo y no ensucio nada. Eso es nicotina, mírame -dice- yo hace nueve años que un día lo dejé y… no creas, una vez en una boda, sí, estuve a punto -dice-, pero nada más encenderlo me dije ¿Qué coño estás haciendo? Esta mierda te destroza -dice-. Y también el bolsillo, hijo, también el bolsillo. El muchacho asiente. Tiene ganas de que el padre se vaya. Un día -dice- quizá, si sales de aquí, conocerás a alguien. Yo -dice- conocí a tu madre. Mañana irá a poner flores a su tumba. Hijo -dice- no es que me falte, es que mi vida ya… y se encoge de hombros. El muchacho contesta que la recuerda, pero que hay que aceptar la vida tal y como… ¿Qué coño dices, idiota? ¿Es que no has aprendido nada? No ganamos el juicio -dice el padre-. Los doctores la usaron de cobaya, joder. Papá da un buen sorbo a su bourbon. ¿Sabes, papá? No me gusta el bourbon -dice el muchacho-. Prefiero el irish. Yo me voy -dice- vomita lo que quieras y cuando quieras. A lo que añade: son las cinco de la madrugada.

El muchacho intenta recordar su propio nombre. Lo intenta una y otra vez. No se llama Sergio. No se llama Pablo. Quizás no le pusieron nombre al nacer. Cuando pasaban lista en el colegio respondía al nombre de Ramón, pero ¿Qué ha sido de Ramón? Una ola en el mar repite su nombre movida por un fuerte viento. Pero el muchacho no oye nada. Papá baja de nuevo. Hijo -dice- ya sé lo que necesitamos: Una lobotomía. Parece un chiste, pero no lo es. Padre e hijo se dan un abrazo. Es lo que el padre llama “Lobotomía”. Bien, nunca es demasiado tarde. De un cráneo a otro -se dice para sí- nunca hay prisa. Fuiste un accidente -dice papá- el mejor accidente que he tenido. Papá llora. El muchacho le dice que ambos deben descansar pero que él no puede debido al insomnio. Toma tu inductor -dice el padre-, yo ya tomé el mío. El bourbon -añade- también ayuda. Papá se va de nuevo.

Ramón se queda fumando en la cocina. Sabe que amanecerá y las luces, a través de la persiana, lo encontrarán al igual que el día anterior. Ya sé -se dice- voy a triplicar la dosis de… El muchacho abre y cierra la botica. Friega los dos vasos anchos. Duda entre servirse otro bourbon. Enciende un cigarro. Finalmente repara en que había olvidado el té. Lo recalienta en el microondas. Esto es vida -se dice-. Y a continuación: Respira, tío, venga, inténtalo. Una vez más.

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