Mein Kampf (un cuento)

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No se trata de la primera vez que, al llegar del trabajo, entro en el baño del bar y meo sangre. Sólo se lo he contado a mi mejor amigo y su respuesta fue que debería visitar al médico. Me reí. Rió. Tras dejarme con el coche en la puerta de mi piso se marchó y procuré introducir esa risa suya en mis recuerdos, por si acaso algún día la necesitaba. A la salida a la barra pido un coñac. El dueño me dice que es el quinto. Yo le digo que yo también llevo la cuenta, que si quiere que le pague ya o, mejor acaso, si pido el sexto o incluso el séptimo. Me dice que lo dice por mi salud. Sonrío. Me dice que soy un cliente al que aprecia. Le digo que si me aprecia me lo muestre con un abrazo. Pregunta si no habrá mariconadas. Le digo que estoy hablando en serio y me dice que me lo dará mañana, incluyendo un beso con lengua caso de que el aliento a coñac haya desaparecido. Me río. Se ríe. Anoto en mi memoria la risa del dueño, quizá algún día la necesite, quién sabe. Un compañero policía se acerca y me dice que tiene algo para mí, que si deseo volver a los baños. Le digo que prefiero que no. No seas maricón, Pablete, responde. Se lo hemos quitado a unos niñatos. Jamás has probado una mierda como esta. No, digo. Peor para ti, cabrón, me responde antes de irse solo al baño. Me tomo mi coñac mientras en el espejo veo un hombre que se gana la vida como mejor puede, mostrando dos, a veces tres, a veces cuatro versiones de sí mismo. Sí, quizá son quince, pero sólo hablo de las que me vienen a la cabeza en este momento. Mi segundo hijo (sí, va a ser niño, lo sé) está recientemente en camino y llevará mi nombre. Qué distinto soy ahora en el espejo de la barra. Le digo al dueño que, por favor, ponga otra y también algo de lo que esté tomando Carlos, mi amigo el poli que aún no ha regresado del baño. Mañana no vas al trabajo, me dice el dueño. De eso no me libra ni que me eches cianuro en el coñac, jefe. ¿Al poli también le pongo cianuro? Sí, pero ese no se muere tan fácilmente como yo, así que, ya sabes, como mínimo usa una ración triple. Noto que esta vez su risa es falsa al tiempo que sé que Carlos nos oye desde el baño. A los dos segundos aparece. ¿Eres Carlos, el poli sucio? No soy Harry, Harry, el sucio. ¿El sucio o el ejecutor? Ambos son el mismo, tronco. ¿Capaces de violar a una menor? Eso sólo fue una vez, y me dijo que tenía diecisiete años y medio. Me río. Se ríe. Guardo la risa de mi amigo por si la necesitase en alguna madrugada. Eres otro, le digo. No digas que no te invité, me dice. ¿Aún estoy a tiempo? Para la siguiente, responde. Ya, ahora voy a vomitar, le digo, y salgo corriendo hacia el váter. Lo tiro todo y me lavo la cara. En el espejo veo un tipo diferente de los que acerté a ver en el espejo de la barra. Sigo siendo yo, no obstante. ¿Coñac? ¿Más sangre? ¿Qué más da? Me digo y salgo. Pronto voy a cerrar, estoy muerto, dice el camarero. A lo que Carlos responde que nos deje las llaves. Sí, dice el dueño, y mañana, y pasado… Miro el reloj. Son menos cuarto. La aguja pequeña no sé qué señala. Me apetece otra, dice Carlos ¿Quieres? Le miro como quien no mira nada y responde que es por la copa que le voy a pagar. Digo que vale. Dice que venga. Mira que he probado mierdas, pero esto… ¿Es coca, no? Es mucho mejor que eso. Y añade tras hacer dos rayas (finas y largas): Yo primero, que te veo venir. Llega mi momento. Le digo que por qué trata de engañarme. Es frula, joder, lo de siempre. Farlopilla, ostias. Me dice que sí y que no, me dice que espere no menos de un minuto sin salir del baño. ¿Tienes ganas de chupármela, cabrón? Carlos ríe y acierto a ver el demonio en él. Le digo que voy a vomitar ¿Otra vez, maricón? Las que hagan falta. De mi estómago expulso la cogorza necesaria para advertir que meo sangre y que la cosa se viene dando a menudo. Carlos dice que lo eche todo, aunque manche el suelo, que él se ocupará de que, aún con esas, la última la pague el dueño. Salimos. El dueño pregunta qué tal todo. Carlos dice que mejor que nunca. Yo digo que mejor que nunca. El dueño dice que se va a tener que ir a acostar. Pablo te invita a uno, dice Carlos, imagina uno que bromeando. La última va a cuenta mía, dice el dueño, Jose para los amigos. ¿Sabes que lo sabía? Digo. Tú nunca has sabido nada de nada, me dice Carlos. Jose, dice de inmediato, enséñale nuestra joya. Jose muestra cara de sorpresa. Es el Pablo, joder, dice Carlos. Jose dice que vale, que lo hará, que sabe que soy uno de los suyos. Ven a la cocina, dice Jose. Está bien ¿Sabes que últimamente meo sangre? No, dice. ¿Qué hago? Carlos nos ha oído y responde en alto que esas cosas se las cuente a un puto médico. El dueño, Jose, abre una cortina y allí aparece una caja fuerte. Gira la rueda cuatro o cinco veces y saca una taza. Me la muestra. Parece una taza de café normal. Es blanca, de porcelana. Luego me muestra el culo y ante mis ojos aparece una esvástica. Río. Él no lo hace. Dice que para adquirirlo hubo de vender una herencia consistente en un par de almacenes. Dice que es la taza sobre la que en más de una ocasión el mismísimo Hitler acompañó su almuerzo con sorbos de lo que le viniese en gana a ese puto animal. Le digo que no lo creo. Me dice que sí. Sí, créelo, dice Carlos desde la barra. Está bien, lo creo, acepto. La siguiente es mía, dice Jose, el dueño, y advierte que es la última. Río. Ríen. Meto las tres carcajadas, incluyo la mía, en mis recuerdos. No quisiera olvidarlas por nada del mundo.

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