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Una vez decidí arreglarme, ponerme bello a los ojos de las mozas. Era un día de fiesta de 1995 o 1996, un poco antes de abandonar mi vida por un papel en el que se me daba un nombre (tiempos del DSM 1). Las mozas venían, golosas, insustanciales como siempre y bellas como jaulas. Nunca vi chavalas más hermosas. Quería saber qué sentía yo al despreciarlas. Acabaron derrotadas. Yo era el inicio de Una temporada en el infierno, que me aburre. No necesité escupir sobre nada. Sólo contrariar. No necesité guardar erección alguna a sus ojos. Sometí mis debilidades antes que a las diosas de su tiempo para ver cómo era desencajar caras que no fueran siempre la mía. Luego desaparecí. Y su defenestro finalizó conmigo. Hoy, si alguien de entre no sé cuánta escoria de esos días pregunta por mí, como mucho, dirán: Nada, uno que se creía muy listo. Yo no digo nada a cambio sólo de haberlos conocido bien.

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