Javier Reta y yo, fiesta de la amistad y el noble arte de contar cosas

Acabo de encender un cigarro. Me he acordado de ti. Estás a un billete de avión y varios autobuses. Es tarde. Es pronto. Es cualquier cosa. Tenemos quince años. Eras más alto que yo (esto es una cosa que suele seguir sucediendo). Nunca me he pegado contigo. Nunca te has pegado conmigo. A veces te veo en medio del humo, amigo de la luna, visitante diurno de jóvenes y emergentes estrellas enmarcando un panteón ruinoso. Eres mi amigo, un artista que busca neones en los cubos de basura, así como un gato sabe del manjar oculto en unas tres de la madrugada cualquieras de un día siguiente. Los lienzos y las flores, los astros, visibles desde aquí, en una letanía de cigarro ya apagado, en una habitación ahumada que recibe un calor seco de abrazo algo cansado, casi herido, apenas a salvo en tu risa de eterno joven algo loco (menos que yo, amigo, y más, a un tiempo). Contigo cobran sentido las palabras de Claudio a Leopoldo a la entrada del Drugstore de Fuencarral: A estos tenemos que ganarlos. Ambos tenían ampollas en los pies y de su boca prendían dos ascuas que eran a la vez fumadas por dos poetas que no estaban allí por mucho que sí estuviesen. Joder, tanto Claudio como Leopoldo estaban allí realmente. Estaban estando. Es sencillo. Es un truco de magia consistente en ver y verse. Precisar el contenido de un camino que alargar a un tiempo que el viaje se renueva, crece y acaba, llevándose a otro lado las virtudes de una hacienda donde un botijo nos mira, desde su quietud, dedicarnos a eso de trastornar el mundo a raíz de insistir en las imágenes deliciosas. Javier Reta Gallego, cargando la cámara fotográfica, almacenando instante, mezclas ruidosas de aire y viento, algo de paja, escarcha durante la que se aferra una estación de tren donde fuimos amigos, querido (y somos), más que nunca, en el espacio donde una señora nos mira y dice que seguimos siendo los de antes. Esos muchachos de fogón y música bonita. Un constante deleite aderezado con licores y cáñamo. Hoy son unas diez de la noche llenas de significado. Tu sombra retrata bailes de desiertos donde nunca sucede nada más que un atardecer y un perro despistado que camina en busca de agua. Allí, ambos somos a un tiempo Tintín, Milú y ese capitán Haddock lleno de alegría, delirio casi, de vivir a secas. El oro que arde de nuestros relojes reposa en la arena que, para ti, tiene el significado rotundo de una sirena invertida cantando con la voz de un grajo la venida de una mañana siguiente, la fiesta del día a día, el metro donde te conté que en mi trabajo me había hecho colega de gente rara, pero muy importante. Revisamos cadáveres de atunes por entre nuestras obras en las que bien podría aparecer el significado de la palabra Paz. Una bodega, de noche, un incendio, tu casa, mi colección de música africana y tu par de diamantes esbozados en una sala eterna donde figuran pájaros que mueren, en su levedad, de asfixia. Es el camino que queda por andar. Son las obras, eso del arte, los escritos (hoy es mi caso) y echarse a andar, comer medio bien, mejorar el vino malo del borracho medio a través de la conversación. Aquí estamos, pendientes del eje de un rotulador sobre un folio en el que siempre transcurren batallas. Sé que las ganaremos todas por mucho que poco sepa. Sé que lo haremos solamente porque a esos otros, los mindundis, a esos hay que ganarlos, como bien dejó dicho Claudio Rodríguez, ante el cadáver aún rebosante de alegría, exento de litio, de un Panero que aprendía a valerse haciendo pedazos su mundo. A esos gilipollas, los del Drugstore de Fuencarral, todavía tenemos muchas cosas que decirles, querido amigo, pendejo de mi rutina (que tanto te echa hoy en falta). A esos tíos tan geniales tenemos que metérsela y no sacarla jamás hasta que sepan lo que es cagarse dentro.

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En la imagen: Bob

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