El paseo

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Los peatones rígidos ante el semáforo en rojo,
pasajeros con prisa
en un vendaval de molinos
cuyas aspas marcan las siete y diez de la tarde.
También hay niños,
uno tiene una piruleta en la boca
los demás apenas se han girado para que pueda verles.
Detrás de la puerta hay una fiesta
donde el vino se sirve en mesas redondas
y los ciervos se toquetean
entre risas nerviosas de camareros con corbata.
Hay una luz encendida
tras el aguacero.
En el metro de Madrid, una joven mira el móvil;
en la parada de Alonso Martínez
el hombre del saxofón toca Mañana de carnaval
una y otra vez
hasta que le sale casi perfecta.
El mendigo lo sabe todo al salir de la estación.
Tiene un papel donde pone que es sordo
y hay una mariposa haciendo cabriolas alrededor de un abeto.
Hay una mujer con la cara marcada
y un ovillo de lana cayendo sobre su regazo.
Hay gatos perdidos
en sinfonías de pálidas caras
y me veo en un espejo
y, sí, soy uno de ellos.
Mi aspecto no se distingue de otros
y pudiera ser motivo de jolgorio, de alegría
de felicidad dentro de una partitura que se extingue cada día
con cada sol que pasa.
Hay una luz encendida
y lo único que espero de ella es que me permita ver.
Luego las voces desaparecen
y entiendo que mi casa está deshabitada.

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