El Nueva York que se cae de su propio elemento (Una lectura)

He aquí el Lorca que no se ha muerto. El hombre que se fue a Nueva York a cantar a los negros como en España hiciera con los gitanos. La obra maestra que el tiempo dora entre las flores obstinadas en crecer en los áticos de los rascacielos. De Lorca dijo Umbral que era un poeta que más que levitar, gravita. Se refería a su obra cumbre. He aquí el hombre, en toda su extensión, casi muerto ya en una España que, ay, eran dos. He aquí el duende intercambiado por un hombre llamando a Dios desde una cabina telefónica. El simbolismo de un niño que supo transformar el duende en fantasía, el espacio en hoja que no tiembla, a Walt Whitman en un hombre dorado por el sol de la nieve cuyas barbas eran atusadas por un viento medio niño, medio enfermo, hiriente de lírica y maldito dentro de una casa donde sólo habita el silencio de un violín desvencijado en el suelo, al lado de la leña. He aquí el corazón blanco vertido en una piedra rota y el sonido falaz del canto de las sirenas cerca de lo que luego fue Studio 54.

Lorca canta al nuevo mundo y luego se va al nuevo mundo, para después irse al viejo. El Lorca de Poeta en Nueva York es un festín de diciembres diurnos donde cabe la mujer ajada por su propia melena mendigando la sonrisa de un pobre anciano de sí mismo. Lorca se hizo grande, él, que era luz y tiempo y que tuvo poco tiempo y aun así fue luz. Luz en los brazos de un hombre rojo, marica. Luz en la dorada garganta, atravesada acá por una daga, de un hombre eterno.

.

Foto: Quién sabe quiénes iban a bordo

Comments are closed.