15 metros cuadrados de supervivencia (una canción)

Los leves vientos han donado su calma en el poniente de tu sonrisa, oh juglar, cansado amigo de esta habitación donde, por el suelo, están esparcidas las horas de nuestra memoria juntos. La niña ha venido con un polo de limón y se ha sentado encima del féretro. Es una constelación. El azúcar sobre la vitrocerámica, allá abajo, en otro mundo. Otro mundo es una cocina en cuyas compuertas, allá, cerca de cada mueble, hay, al menos, un vaso vacío en el que echar agua. Tres son una multitud de asientos. Acá un orador dijo las palabras mágicas consistentes en una frase parecida a esta que anoto: No hay lugar para la queja. El corazón buye diapasones estropeados. El marcapasos del tiempo es un tornado de minutos dentro de la duración aproximada en que consiste una última calada a un cigarro. Hay que contar los extravíos en el vuelo de un pájaro, lo que no tiene de formal un vuelo, la media vuelta sobre los pasos de un vuelo y el retorno a la jaula de la que, quizás, amigo juglar, no debiéramos haber salido nunca. Porque hay pájaros que echan de menos una cáscara antes de romperse. La niña, por ejemplo, palpita un mar de tinta azul sobre el tachón de porcelana que deja huérfano un cadáver exquisito. Elimina la función del cuerpo. Va al baño con asiduidad y, al salir de la habitación, deja acá a dos ancianos que deben haberse besado, al menos, una vez en la vida. Juntamos nuestros labios el día en que nuestro padre se resistía a morir ahorcado en uno de los cajones que decoran la sala donde nos encontramos. Su pataleo aún se produce hoy, finalizado el beso. Un cuello puede tardar en romperse. Un organismo puede evitar ser rodeado por coronas de marchitas flores que guardan en sus pétalos la esencia de un perfume caro distribuido por un manojo de manos expertas. El calendario es una guía del ocio arrancada de la fecha en la que hoy es, nada más y por una vez en la vida, hoy. Hoy es el día en que la palabra hoy tiene sentido. Sea lo que sea, esto que soy, ha vuelto. No me voy a quedar todo el rato. Las enajenadas mentes que me acompañan (el juglar, la niña, el padre…) marcan una raya en la pared ayudándose de la uña del dedo índice. Es mañana el camposanto donde una vieja se desnuda para lavarse en el río Dyc. Es una mañana llena de botellas de oxígeno al lado de una sandía partida en tres trozos. Tres corazones de doncella gorda comidos por manos y dientes suaves. El sabor del agua, el baño, el verano que acaba su siesta un día lejano al que he llamado día primero o, sencillamente, día de hoy. Afuera un Delorean es un Réquiem ligeramente amañado. Los mejores vaivenes del arte yacen en una poza donde se oyen chapotear crías de rana. La tortuga ha dejado sus huevos en primera línea de playa. Unos ingleses que hicieron escala en Baviera para venir al sur se están tomando unas cervezas en el chiringuito. Soy el niño que los mira sin salir de este cuarto. A veces intento acercarme con la intención de preguntarles la hora. Pero siempre que me acerco los idiomas se me convierten en una hoja de laurel en mano ajena. Es de noche y la bestia no va a ceder ante el sueño. El rumor del oleaje es un criterio a seguir en el tiempo en lo que dure una televisión encendida. El colono que acecha mi habitación vive en un pellejo que no siempre me es propio. En el espejo veo muchas personas asomándose a un incendio. Eso que la gente llama cara es un edificio incendiado donde mucha gente salta para precipitarse al asfalto con los ojos abiertos durante la caída de un piso ocho, puerta C. ¿Qué la dicha? ¿Qué el pan congelado? Dijo el maestro del corralón de la locura que el hombre es radicalmente más de lo que puede saber de sí. A su lado, un abogado alejado del mundo de los despachos anota la palabra Belcebú en un folio y dice que sus nervios son las agujas crispadas de un dios enfermo, el animal que lo habita desde el neón en lo alto, un sol que cae sobre un montón de excrementos condenados a secarse como cerebros. Aquí, en estos quince metros cuadrados… la vida es tranquila. Aquí cada punto suspensivo sabe qué le sigue y qué deja a su paso. Aquí la batalla es una carga de electricidad evacuando un régimen compuesto de cinco comidas ligeras durante el día y, en la noche, procurar conservar los párpados herméticamente abiertos o cerrados. Soñar el sol. Eso pasa, cuando la habitación se detiene sobre la pared en la que la fecha de un calendario dice sus últimas palabras a un precipicio por el que jamás osará lanzarse. Aquí se está bien. Aquí se respira paz. Abrázame de nuevo, agrio payaso. Y llena, mientras tanto, mi espalda de nuevas puñaladas de mentira. (Yo seguiré preguntándome, a tu lado, por qué quiero ser hermoso).

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Lienzo: Tarde de domingo en la Grande, de Georges Seurat.

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