Velada y sueño posterior al encuentro en la tertulia de los martes del profesor Justo Sotelo.

Insomne amigo que desbrozas tu cáscara en la bajatarde, he abandonado a ti mi saludo porque yo existí también antes de que el agua nos abandonase a una tierra donde sólo te reconozco a ti y, he de decirte que, a probablemente mi pesar, lo hago en mí. Tú que enciendes colillas de té por sobre los tibios ramajes de las hojas en otoño. Tú que prendes con tu beso los hogares vacíos. Tú que vienes a verme en esta noche donde lo único que uno puede esperar es que pase a su lado el fin del mundo para saludarlo, decir adiós sin más al hecho de que La Tierra gire. Amigo de la cabellera de los erizos y de los pétalos caídos de las rosas, yo he depositado en ti mi mirada, que fue esquiva de la luna cuando se encuentra menguando, y he visto un nenúfar crepitar bajo tu frente, donde un nido de gorriones planea un alarido marchito del que intuimos llegará pronto una bienvenida saludable a los nuevos albas. En ti, hermosa paciencia de vencido alegre, los relojes vienen a pararse enfrente de mí allá donde no puedo evitar dejar que mis ojos posen su mirada en otro lado, allá donde los estertores y sucesos de la vida llaman a mi soslayo a virar la cabeza contra un poste de luz que eres tú sin más. He de añadir que hueles al hambre de los mosquitos que acaban de inaugurar su sentido del olfato, y es ese un olor a nada, a vacío por el que se asoma la cabra amiga del ocaso. Llega el momento donde el servidor me pregunta qué hago aquí y digo que nada. Digo que, en la noche, sostengo un cigarro en una mano y uso la otra para dejar en ella caer la ceniza. El humo hoy, en esta noche densa de coca-cola, habita descolocado planeando sobre los 15 metros cuadrados que son una habitación amarilla. Hoy he estado en la reunión del profesor Justo Sotelo acompañado de mi amiga Marisa y allí he visto irse varios atardeceres de primer martes de octubre. No he hecho nada salvo sacar de mí el etéreo paseante medio pueblerino que tiende su bota de limonada a una mesa para que el siguiente compañero la recoja y, si quiere, beba. Hoy vuelvo, en la noche, a mi casa y oigo un corrillo de vecinas titubear nuevas canciones que no me dicen gran cosa. En el spotify Ligeti fabrica muros de silencio en tres notas y un avión saluda nubes y volcanes cuya lava cocina la mañana que ha de venir. Sólo puedo confiarte, en esta noche (de nuevo la noche) que lo único que en este momento de tecleo sugiero es que jamás sea castrada tu imaginación. Tampoco elevada. Tan solamente que eche raíces sobre los versos del libro cerrado que se preguntaban aquello (traducido y a menudo recordado por Cristóbal Serra) de “¿No quieres comprender que cada pájaro que hiende los aires es un mundo inmenso de delicias cerrado para tus cinco sentidos?”. En ti y en mí he visto un sexto que palidece, que se hace amigo, nocturno amigo de las aves que en este momento se alimentan de lombrices en una cocina que voy poblando de sartenes sucias. He de presentar mis respetos a todo el mundo. Justo Sotelo es un mago que viste una camiseta negra y sujeta manzanas mordidas en las fotografías. Muerde la manzana en cuya piel uno ve signos de limpieza y quisiera leer en voz alta a los amigos que en sus tertulias se reúnen que ha perdido, pero que no es de ahora, que volverá a hacerlo y que, por mucho que sea tarde, saldrá del lago a dar la bocanada del aire del que se creyó ya ahogado. Esa fue mi primera desaparición. Tras haberme presentado mi deber es despedirme con algo leído en Nietzsche, Kafka, Stevenson, Keats y alguien más: Lo único en lo que me ocupo es en mi alegría. Feliz descanso, queridos amigos.

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