Una noche de lo más vulgar

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Sin duda, aprovechando un despiste mío
alguien me había echado algo
en mi vaso de estricnina.
Bajé a los lavabos y, joder,
no suelo vomitar tanto.
Eran mariposas amarillas lo que vomitaba
salían de mi boca como la munición de un tanque.
Pude distinguir entre ellas a mi corazón,
también era amarillo,
también volaba camino de un váter lleno de mierda,
manejaba a sus anchas la ley de la gravedad.
Tras mi corazón vomité una golondrina
que hizo su nido
(el cual también vomité)
en el aire.
Sus crías se dieron a nacer cuando volví arriba
y agarré por la pechera a un tipo con mal aspecto
que, sin soltar su vaso de apestoso gin tonic,
me dijo: Muchacho ¿Estás loco o qué?
Me serené entonces
y comencé a escuchar latidos propios
en alguna parte del mecanismo de alcantarillado
de este puto pueblo sin carretera.

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