Un autobús de juguete

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A momentos me es de extrañeza
no recordar mayores imágenes de mi primera mujer
más que durante sus orgasmos en el parque.
Era aún joven.
Ella también.
Comprendió, quizá, que para mí ella era la primera.
Me adentré en esa caverna
con el afán de ser Minotauro
de un laberinto diseñado por mí mismo.
Hube de sacar demasiada inocencia de mí
la primera vez que osé besarla.
Gemía irremediablemente en coches abandonados
mientras uno se veía aprendiendo
eso de la juventud
al tiempo en que, indudablemente, la perdía.
Una vez me regaló un autobús de juguete

con mi nombre inscrito en el capó
y me dijo que metiera a todos mis amigos dentro
y huyese a un lugar donde fuera capaz de encontrar
en este mundo, algo más que al perdido que era, soy y seré.

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