Todos los domingos del planeta

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La nieve recibía nuestras caras de domingo
apenas bajo el leve rictus arrancado de la página de un periódico
impreso hace diez años.
Nuestros inviernos despiertan solos
y agachan sus cabezas ante el contoneo señorial de las alas de una cigüeña.
Las moscas encienden radios
en las casas
preñadas de una luz de seis de la tarde.
Enfrente de la habitación un libro se cierra,
unos pantalones se desabrochan
y el planeta, no obstante, sigue su tour
rodeado de pordioseras estrellas
cuya luz es negada por la acumulación nubosa.
Nos detenemos un momento,
nos miramos
y, a veces, agachamos la cabeza como resignados
a un día desaparecido en su alba.

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