Solamente el mar

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No supuso una sorpresa
hallar en otra falsedad
a mi amigo.
No había recurrido a ello hasta hace tres meses
y desde entonces no había parado.
Ya no aguantaba más,
por un lado quise saber hasta dónde pretendía llegar
pero confié en dejar de preguntármelo,
en hacer desaparecer su presencia,
en decir adiós desde una convicción
que no recurre a las palabras.
Antes, en los buenos tiempos,
a veces necesitaba estar solo.
Recordaba cuando me aseguró que los buenos momentos
de su vida
los había pasado mirando el mar
desde la ventana de su terraza.
Debido a que la mía también daba al mar
procuré hacer mío su fantástico momento.
Estuve cinco minutos viendo cómo las olas chocaban
contra la playa
humedeciendo las rocas.
Pero nada,
me dije de intentar seguir,
de esperar, al menos, cinco minutos más,
a lo lejos el mar seguía su movimiento perpetuo
y yo estaba de este otro lado,
con cierto sentimiento de dejadez y duelo.
Pensé si una botella de algún licor
pudiera calmar un poco mi ansiedad,
pero no tenía y, a las horas en que la ocurrencia me vino,
el súper estaba cerrado.
Abajo de mi casa lo único que había era calzada,
y algún coche pasaba.
A un lado los jardines brillaban a la luz de un par de farolas
y, un poquito más allá, el mar
simplemente el mar.

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