Silence

Las palabras resultan un hervidero de algas sobre una mesa a la que le falta una pata. Me refiero a esta noche. La que no acaba. Al mediodía seremos, no obstante, felices ante un plato de acelgas recalentado. El ser humano, ese bicho que anda a dos patas sobre la tierra de este arenal, se diferencia de los demás bichos en que se permite amar sin la premisa de ser correspondido. El ser humano avanza. Da pasos, más o menos ligeros, pertinentes de duda y levedad, acaso gravedad, mientras baja al quiosco y elige uno de los titulares para inscribirlo en su mente durante un paseo, bien al trabajo, bien a un juego de petanca en un parque, para soltarlo a la primera que llegue bien sea en una mesa llena de papeles o bajo sauces descuidados en mitad de una zona verde. Uno ve las jirafas ardiendo que corresponden a óleos dalinianos y se acerca a su cuello presuroso de dejar un beso en alguno de sus párpados. Uno es luz antes del fuego y quimera entes de una gallina ponedora de un huevo donde se dio el nacimiento de sí misma. Uno voló, rasante, sobre corolas de flores intactas cuyo néctar era apenas engullido por monstruos alados cuya visibilidad era leve. Las mariposas de la niñez figuraban en el test de Rorschach al que fue sometido con un aprobado justo en la adolescencia. Uno decía de aquellos que emulaban esos mapas que sólo se dan durante el sueño. Y, hoy, llegados los cuarenta uno no duerme. Usa las teclas como hipnótico. Son el somnífero de esa rapsodia que acaece en la gota de lluvia al rozar una sola tecla de un piano de cola. No es esto una poesía antes que alguien diciéndose adónde va, si a la petanca o la oficina y en cuya mente reza el enunciado de que Londres ha sido víctima del terrorismo. Uno mira su Big Ben de pulsera adquirido en un decomiso y se dice que una leve dosis del troncal haloperidol fabricaría hielo sobre su despejada, a veces atemorizada por el acercamiento a la locura, sesera que yace impoluta al amanecer como una de esas flores cuyo néctar se llevó un ente alado, vigoroso, probablemente enfermo de males que él no conoce. Uno mira y se mira. Ante el espejo ve la caricatura que muestra su a menudo incansable tecleo en el que se adivina Tete Montoliú acompañado al contrabajo de un jovencísimo Javier Colina abriendo paso a su talento entre el escaparate de la música seria. Acepta un sonrojo en su desaliño colocándose un sombrero de cowboy enfrente de la pantalla líquida y acaba sin verse, sus ojos apenas son dos cortinas que dan por finalizada la obra que supuso el día, allá, 13 horas antes, en el que obtuvo amigos a los que les informó de las letras grandes de ese periódico que le fue visto en el quiosco, antes de visitar el estanco y gastarse lo de los sugus en medio paquete de West. Apalabra uno acuerdos con editores y otros Fu Manchús y se mira de lejos cortando la conversación “Pues ha habido dos muertos y decenas de heridos”. El Big Ben sigue dando las horas, cantándolas bajo un deje de Haydn. La guardia británica, mientras, sigue impasible tal como esa especie de sombrero que emula a un pino sobre el que cual el viento cesa y el uniforme rojo. Se oyen llamadas que preguntan ¿Estás bien? En la noche que no acaba uno visita el prado donde murió de cólico miserere su abuelo paterno, a quien no conoció, y mantiene una charla con él sobre El trío de las Azores. Esa gente demasiado oscura. Esa gente trajeada con las piernas cruzadas y un puro en la boca, brandy en una copa ancha que sostiene una mesa decimonónica. Teodoro le dice que esa gente es, en realidad, de mal vivir. Y tras la brevedad de la aparición uno mira el olivo en cuya sombra cagaba de niño, acompañado de suficiente papel de periódico, y mira el sol y le pide una sola duda que nunca llega. Cito a John Ashbery en los primeros versos del Espejo convexo donde, traducido por Heffernan sugiere las imágenes “Unos vidrios emplomados, vigas viejas, muselina plisada, un anillo de coral se acompasan en un vértigo donde descansa el rostro”. Y uno comprende ese rostro el de su abuela la Sebastiana, apenas inamovible, lleno de seriedad y a veces una sonrisa que se escapaba de la redondez algo rectangular de su cara, unos ojos apenas expresivos bajo una frente arrugada y su botijo anisado relleno de agua del pilón al rellano de la puerta desde cuya cerradura podía verse la casa entera, consistente en una mesa, una lumbre, una cocina, su despensa y dos camas. Era una auténtica caverna llena de luces donde nos despertaban las herraduras de los yeguatos, que iban y venían, quién sabe si desde Londres, quién sabe si desde el manantial donde el agua caía concisa y segura de la velocidad que le era correspondida y el agradecido clima de los pantanos cuya fiesta era el ave que volaba sobre su sosiego y en cuyas aguas mi cuerpo de cinco años se bañó desnudo en una tierra pobre bajo un sol esmirriado con el recuerdo de una especie de puente hecho de cemento que iba a dar a la selva. Extraño el reclamo de una vida donde amé, sin apenas ser correspondido (ella sabe a quién me refiero) en la tibieza de un amanecer que acaba de darse a quién sabe cuántas millas del paisaje retratado.

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