Refugio

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Dejado de viables honores académicos
salí al campo buscando un hogar
que se viera remunerado por una mano dispuesta
para el trabajo.
Durante los primeros días fui el hazmerreír de la taberna.
Me dijeron que el oficio consistía en olvidar
a fuerza de estrategias
que yo, proveniente de la capital, aún desconocía.
Poco a poco se hizo verdad
que el trabajo se hacía a fuerza de hallar en el aguardiente
cierta inconsciencia de lo que le hacía a la tierra
en horas que no eran de descanso.
Aprendí el gracejo, los modales con los que esos borregos
me aceptaban como uno más,
a veces araba,
a veces bebía
y nunca encontraba cosa alguna
hiciese lo que hiciese
y eligiese los caminos que eligiese.
Todo era lo mismo
y las caras de la taberna también.
Cuando regresé a la capital
fui preguntado por dónde había andado durante tanto tiempo
pero yo no tenía idea alguna de qué tierras había pisado
y eso es lo que respondía.
Por muchos era tomada mi respuesta
como una boutade facilista.

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