Oro que arde

En ocasiones, al tratar de recordar
me cuesta reconocer que me fuera más problemático
el alcohol que las autoridades.
Todo parecía caerse
y el oro que arde brillaba sobre la mesa
al tiempo que los hielos, en el vaso ancho,
procedían a deshacerse.
Mi abuela me miraba desde el cielo
y me decía que así no.
Mi novia follaba, mientras,
con aficionados al boxeo
y en medio de la plaza
estaba yo
al borde de una desaparición
del todo consentida
forcejeando entre lo convulsivo
y el placer de un sorbo de whisky
besando con su roce mi garganta.

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