No me acuerdo de su puto nombre

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Niña casi eterna durante aproximadamente seis minutos
que, no obstante, mueres en mí a cada milésima de segundo.
Te recuerdo vistiendo una camisa de franela azul
con motivos violáceos.
Tiraste mi corazón a una papelera
y hube de buscar
en doce países
para encontrarlo
antes de que el camión de la basura
se encargara de su adiós.
Una vez recuperado lo recompuse
y volví a introducir en el interior de mi pecho.
Aburrida niña que guardas en tu mirada
unos quince años de edad
en los que, quizás, sólo aprendiste
la palabra Vida
y que poco sabías
y habrás sabido
de su dulce, así como oscuro, reverso.
La paciencia de un niño que ve en ti
la respuesta que busca en el agua
el pescado aún vivo del escaparate
de un restaurante gallego
se ve menguada por un pensamiento que regresa a decirte:
La próxima vez que huyas,
estimada Ratita presumida,
no vuelvas a merodear siquiera
el kilómetro que separa tu ausencia
de lo que yo comprendo en la palabra «fraternidad».

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