Nictonautas (invitación al paseo en la tarde de un sábado de invierno)

En este mediodía -dicen que es sábado- busco en Internet de dónde procede la palabra Fiera. Veo un atisbo de noche y me dispongo, con la pulcritud que no sé si sé, a recogerlo. El instante queda congelado. Es ya algo de pasado, de memoria mientras el surrealismo es una fiesta en Harlem bajo los versos de Lorca, poeta maldito, encontrados en el rastro del blog literario de Blanca Andreu, y le rezo a mi impertinencia este Pequeño poema infinito que dice: Equivocar el camino es llegar a la nieve / y llegar a la nieve / es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios. (No, no pierde actualidad). En mi relatividad algo brusca y del todo esquizofrénica, recuerdo una reedición del Lorca en Nueva York diseccionado por Francisco Umbral (la columna cadavérica por la que no dejan de sucederse muertes) y recuerdo que el poeta se fue a Nueva York a cantarle a los negros como en su Romancero de España cantó a los gitanos. Recuerdo al personaje televisivo de turno contando en un documental la peripecia de la llamada telefónica realizada por un colaboracionista de los Rolling a Camarón de la Isla: Camarón, que Mick Jagger quiere que venga al hotel para conocerle / Dígale usted a ese señor que yo ya hace mucho tiempo que no toco en fiestas para señoritos. Recuerdo a una especie de musa personal, abstraída hoy en el invierno, junto con sus amigas mientras yo abrazo la lectura (y/o relectura) de Museo de la Revolución, del argentino Martín Kohan. De una cosa voy a otra y subrayo del Eagleton de Trotta: Las revoluciones burguesas son ficciones que reescriben ficciones, pero después de Brecht es difícil no percibir que también hay algo “textual” en el modelo de revolución socialista que Marx les contrapuso (WB, 253). Comprendo, desde que me fue abandonado el haloperidol por la quetiapina que mi turista, eminentemente libresco, ha regresado para crear y crearse, para, quizás, destruirse, como Orfeo, en un giro del cuello para ver si Eurídice sigue sus pasos. Nictomenes ha vuelto y se ha encontrado con que ya no es guapo como lo retrató el Nictonauta y trabajador de Ikea Jose Antonio Lorenzo Ruíz, amigo de toda la vida desde aproximadamente enero de 2010 en el mismo espacio donde reescribió los versos de Elsa Cross: Tu voz contra el atardecer. / El viento empuja / sobre el cristal / las ramas de los altos encinos. Tu voz es la voz del amor que todo resucita, de la ducha naciente de ayer noche (noche en la noche de mi preciosa compañera… que hoy no está). Regresa a mi memoria la reseña literaria (de cuando Nictomenes tenía veintidós años y se encontraba en la sala de espera del dentista colombiano Giovani) en la que se rescataban los versos de Panero: Ser follado / por el pellejo de una bestia. En este (dicen que) sábado, ya lo hizo Borges (sólo que en domingo), me viene al recuerdo, filmando, mi primo Luis (hoy padre) en 2013 a una cajita de música destartalada, la reseña lírica de Jordi Doce al hoy penúltimo trazo de Juan Carlos Mestre: propongamos (…)/ un trompo al justiciero general de a caballo, / una falsa nariz al inocente, / pan al avaro, / risa al cejijunto, / al astado burócrata una enjuta ventana / con vistas al crepúsculo, / al rígido bisagras, / llanto al frívolo, / gladiolos al menguado, / tenues velos al firme, / un ángel mutilado al siempre obsceno, / falos de purpurina a las dulces señoras… (La bicicleta del panadero). Yo ya no estoy ahí. Me someto por voluntad propia y poco actuante a una desaparición que no termina de darse. Leo (y/o releo) el poema Espacio de Juan Ramón (a quien llamo Juan Ramón, como si lo conociera / como si lo conociésemos). Mi collage sobre los manicomios por donde he pasado (poco importa si así ha sido o no) no existe, salvo en las palabras de Alberto Ávila Salazar y las fotografías de Javier Reta.

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