Mara

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Acababa de llegar a Valseca
la noche de un viernes cálido
mis amigos me propusieron
antes de salir de marcha
una visita al burdel del pueblo de al lado.
Me recuerdo recién duchado
y con una camisa vaquera que
solía ponerme bastante en aquella época.
Acepté la proposición
de una copa en la casa de putas.
En un principio no se me acercaban
mientras saboreaba mi Brugal con Coca-Cola
y al Furfis una mulata le acariciaba la tranca.
Pepe hablaba con una mexicana
de pechos prominentes
recuerdo que, acerca de mí,
le preguntó si era tímido
a lo que Pepe dijo que quizás
no estaba acostumbrado.
Al rato vino a mí la flor más joven del lugar
me sentí acariciado por ella al hablarme
pero me notó nervioso
y propuso lo antes posible lo del polvo
dije que me gustaría,
admito que por otro lado era consciente
de lo que ello hubiese afectado, de cara a la semana,
a mi condición económica.
La realidad, sin embargo,
trataba más de mi incapacidad para decir Sí.
Se alejó hacia el centro del local
y, tras tumbarse,
comenzó a acariciar su vagina
mostrando cara de posesa.
La observé cuando, tras su espectáculo,
quedó sentada en una silla a la cual se le acercó
un hombre con chaleco y boina
de unos ochenta años.
La expresión de ella rompió algo dentro mío.
Al irnos, regresó.
Le pregunté su nombre
y nos dimos un par de besos.
Prometí regresar a ver si, con suerte, la encontraba
aunque no lo hice.

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