Manola

Iniciaste un dibujo
donde el sol era irradiado por sus iris
Ella era el mejor abrazo,
el fino detalle de una copa de vino añejo.
En la pared,
antiguas sombras
se asemejaban a un pasado
que era el único del que te creíste testigo.
Contaste una única historia
llena de impudicia
en la que se mezclaba lo cierto con la histeria
de una burbuja de whisky en mitad de esta mesa que,
aun quieta,
se buscaba en tu muñeca,
y, como tú, no sabía hablar
de nada más que de sí mismo.
Una rutina que superabas
cuando encontrabas en su cuello
similitud con una vida anterior a los diecinueve,
mientras compartías con una mente asesinada
por el paso de miles de paracaidistas aliados
de la rosa
su mirada del adiós.
La leyenda de la que hablaban los primeros papeles
en los que encogiste en ti
algo que no sabías pertenecía a este mundo.
La verdad era un perro
meando en olorosas paredes vacías
y sus alegres amigos
cuyos dueños no eran conocedores del saludo.
Entonces la verdad es que le dijiste que la esperarías
y es en ese punto donde intentas hilar una vida
cuyo significado anterior a la muerte
era el pico azul de una bolsa de basura.
Pruebas a introducirte
y amaneces de nuevo sin haber fregado sus platos.
Hace frío y hace calor,
ahí afuera maúllan los gatos más ebrios de la ciudad,
saliendo al Café, el extrarradio
se intensifica
y aciertas a saber que debiste limpiar las gafas
que ella rozó repetidas veces con sus finos pulgares.
El aliento era lo cierto que puede ser que hoy llueva
y nadie sabe que mi amor
tiene nombre de cumpleaños viejo,
que he recitado esa palabreja
en busca sólo de mí mismo
y que ella, mientras, asesora una fábrica.
Lejos del lugar no hay rama alguna que desee ser lavada
y, en esta cabeza, bulle el agua nueva
de un hombre de paja,
el espantapájaros de la corrala
nos mira mientras nos besamos en la desazón,
mientras pertenecemos al vértigo.

……………..

De la misma manera que hablabas con sus plantas
y aprendiste a crecer en el mismo sentido que ellas,
los barcos esperan un dueño en el puerto
los miras como ensimismado
como si formases parte de otro vuelo
que el que dan esas aves que se acercan a pedir comida
en los semáforos de las afueras,
la redondez de sus ojos
se parece al planeta,
en unos está el sol
y en otros la aventura cesa, cuando anochecen
sin que ella guarde lo que sueñas
en su pequeño armarito.
Reconocí su ropa al instante,
los pescadores me dieron la razón,
e incluso los vecinos y la dueña del restaurante.
El objeto del que yo era apalabrado era tu mente
disociando con pureza el níspero que sujetas
en tu límpida mano izquierda.
El sol se parece a los ojos de las palomas
y a las flores lilas y granates
que esperan crecer hacia donde las miras.
El universo es una hamburguesa en su punto
y unos huevos rellenos.
La cerveza sin alcohol nos mira desde la nevera.
El caos se ha llevado esas dunas que eran nuestro suelo.

……………..

La parada del autobús más cercano
está cruzando la calle,
al lado del mar, brusco y sucio
tintado de sumergidos mapas deshechos.
Un icono es la vigésima parte donde hoy nos encontramos.
Muestra un joven y una joven abrazándose
y mirando las palmeras
mientras el perro descansa a un lado del sofá-cama.
Era de día aún cuando desperté.
Tú estabas enojada
y el silencio era una mortaja con la que taparse el rostro.
Las monedas se veían dentro del agua saliendo del grifo
y eran inalcanzables.
A veces días hay en que suena el teléfono
y me apago a la hora de cogerlo,
de preguntar quién eres.
Hay una zona donde las últimas palabras
son siempre el legado de un embarcadero.
No digo que no haya también terrazas cerca donde compartir un plato.
No digo que el suelo de cemento no tiemble recordando
cuando saltábamos encima de los hormigueros.
La realidad hoy es la pluma de un ave
el mismo que un kilómetro más allá
yace atropellado o muerto a palos
al pie de una acera.

……………..

Tu cara me miraba exhausta
buscando cuál de mis caras se asemejaba a algo.
Tus ojos buscaban una culpa mínima,
un lugar donde echarse a dormir
o un templo donde fundirse 
de amor, rechazo o ambas.
Tu boca era un reguero de fuego
donde se obstruía la lágrima
y tu cuerpo una canción silbada por alguien hace tiempo.
Tus piernas eran la mina donde buscaban oro los pigmeos,
tus manos el curtidor que venía a ofrecer carne a casa,
tus brazos una botella de sidra bien cuidada
la última luz de la jornada
según venía el tren,
que no paraba.
Su velocidad era un astro.
Se identificaba nombrando el clima.
Hacía calor bajo las lámparas.
Demasiado y nada.
Los lados de la oscuridad
venían a darnos de frente.

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