Madrid, marzo de 2017

0 Permalink

Atardece sobre esta ciudad
ignara de fatalidades que en ella dan suceso
así como el reflejo de esos escaparates
en donde uno se ve a un tiempo que
unas botas rojas de tacón alto
y un bolso de cuero la mar de chic.
Madrid no da al mar, como es sabido
pero sí a las tiendas
sí a ciertos apetitos de entidad cultural
sí a barrios bajos donde las sombras de los edificios
apuran la prisa a la llegada del ocaso.
Soy de esta ciudad y, al salir,
me urge la voluntad de serigrafiar las paredes antiguas
de pintar el cemento de amarillo
de hablar con los desconocidos
que se sientan a mi lado en el transporte público.
Adoro hasta la ilusión este infierno gris
paralelo al estante válido
al borde del cubo de la basura
y el camello que te ofrece droga falsa.
En los hostales
fabrican panegíricos de sí mismos
los poetas
y yo me tumbo sobre mis sábanas
inmerso en el olor de la ropa tendida
dentro de la más cálida de las noches.

.

Comments are closed.