Luna llena (Primeras y últimas palabras de Matilde V. a la humanidad)

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Me encuentro en una fase naturalmente egoísta. Pensando qué o, mejor dicho, quién soy. Pongamos: pensando de qué trato. De qué va la novela que represento durante lo que llevo de existencia. Llego a la conclusión de que me invaden los prejuicios y que eso no es del todo malo. Es bueno también. Soy yo también. Yo con prejuicios, también hacia esa novela que representa mi (jodida) existencia.

Hubo una época, más o menos cercana, en mi vida donde Él era menos remoto que hoy, en esta actualidad de 20:35 de un día de verano. En una ocasión me regaló una flor. Llevaba un nombre extraño. No sé dilucidar en este momento el nombre de esa flor. En un principio pensé que se trataba, debido a su tamaño y colores, de algún tipo de orquídea. Él besó mis labios muy lentamente. Yo correspondí. Hace demasiado tiempo de eso. Hoy he aprendido a olvidar en la misma medida que recuerdo cosas. Hoy el recuerdo de ese beso no borra la realidad de que me encuentro atenta a mi pensamiento, a mi vida, mi vida con y sin él, mi vida con y sin todos esos besos, sin el primero y a saber si hubo uno que definitivamente fuera el último o no.

Lamento haberlo matado. Es triste pensar en apartar de tus pensamientos a una persona lo suficientemente hermosa que en ti, además, vio cierta hermosura. Me refiero a una hermosura anterior a la que te hace matar en el sentido que hoy yo entiendo que he de terminar, esto es, apartar ese rostro hermoso de mi pensamiento. Añadir un roto sobre ese hermoso cerebro, sobre esa percepción que en mí vio algo de lo que manejar mi orgullo de cara a mí misma. Estoy infinitamente orgullosa de haber sido, pero no puedo conformarme con ello.
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Por otro lado ¿Qué es el amor? ¿He de conformarme a cada momento? ¿Es el amor conformarse a cada momento? Hubo buenos momentos al lado de una persona lo suficientemente hermosa. No tuve descendencia. Eso hay. Y no debería de haber motivo para la queja. En ocasiones se me ocurre que la queja es lo contrario del amor, aunque me queje. Y lamento, después, quejarme, aún sabiendo que eso en lo que consiste el lamento tampoco es el amor. Créanme, eso poco tiene que ver con el amor. El amor, de momento, no es ni queja ni lamento, de eso estoy segura.
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Me salva, en mi tarde / noche, cierta seguridad que me proporciona saber que hoy tocaré la luna, que será mía. La traspasaré y un leve líquido rojo saldrá de su cuerpo ¿O es áurea lo que en nosotros es en ella cuerpo? Hoy soy yo la luna, eso me salva. Me salva pensar que queda noche por delante aún, y que esa noche será, en la medida de mis probabilidades, por entera, una bella cosa mía, una integridad que, mejor más que menos, me pertenece y pertenecerá de un modo total, al menos hasta conceder al sueño cierto reparo, cierta caridad hacia mis sentidos, hacia los nervios de una diosa que a veces muere de pena acariciando un gato que no existe.
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La luna comienza a verse. Es un cuajo de nieve. El pozo que yo llamo de la eternidad. Eso es. Él está sentado encima de ella. Soy la dueña de ese probable vértigo. Si él cae de la luna entonces ¿Deberé odiarme? ¿Deberé acaso preguntarme si la historia es mía? O más sencillamente: ¿Dónde estoy yo en esta historia? La luna regresa de dar distintas versiones de sí misma. He de aclarar que está llena. He de regresar al pensamiento de que esta noche comienza a caer y será, casi indudablemente, mi noche. Será mía con la misma fuerza que de todo aquel que la quiera para sí.
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Son las once de la noche. Me pregunto dónde estará. Qué será de Él. ¿Telefonearle? Yo que hace unas horas le creí muerto, asesinado por mí… ¿Telefonearle? ¿Yo? Procuro no saber su nombre y con ello recuerdo su nombre. Con todo ello acierto a coger mi móvil y teclear la primera inicial de su nombre. ¿Dejar, quizás, un mensaje? ¿Un mensaje tan claro como “es de noche”? ¿Añadir quizás que hay luna llena? No, he de serenarme. Los nervios, en algunos instantes, vencen a dios. Dios es la palabra que mejor define el sentimiento de mesura, de templanza. Dios es la respuesta del álgebra a una célula que, desde su interior, te llama al movimiento. El cielo parece hecho de sosiego. Fortuna es lo que yo llamo hacerle una caricia a la luna y, al tiempo, permanecer alerta. Ser consciente de que un peligro, mayor o menos, le acecha a la mano con la cual me peino en la medida en que acaricio la luna, en la medida en la que peino los cabellos de mi amante, de Él, el muerto, el innombrable, el que yo llamé ser dotado de hermosura.
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Regreso a la tarde en que me besó y fue correspondido por mí. Una flor de cuyo nombre no me acuerdo. Con el tiempo la perdí de vista. Sus brazos me rodearon y los míos abarcaron su cuerpo. Dedicamos los tres días que siguieron a ese abrazo a hacer el amor, follar si lo prefieren. No lo dejamos. ¿Pasional? Mucho. Hoy mi pasión responde a una flor de cuyo nombre no me acuerdo. No consigo recordar el nombre de esos cuatro pétalos ensangrentados, rotos y marchitos en algún estercolero o, qué más da, flotando ilesos por las aguas de algún río o algún océano, quizás ya han hecho su aparición en algún tipo de digestión animal. Quizás hoy existen con mejor benevolencia con la que yo, Matilde V., lo hago.
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Escribo una carta a la luna. Es mi excusa. Una excusa mía, algo interpuesto entre mi mano y su lectura. No la de la luna sino la de Él, esa persona de la que acabo de borrar su nombre de mi listín telefónico. Hoy mi teléfono móvil está apagado. Hoy la luna llena está en esta habitación. Hoy la luna llena espera que yo me tumbe en la cama y cierre los ojos a su lado. Hoy descansaré de mí misma y la noche tendrá, en su mesura, el nombre de una de sus consabidas estrellas. Hoy tú y yo, noche amiga, luna de queso y miga de pan, de ojo abierto sobre el estómago de la noche que se cierne sobre nosotros, nos veremos en un sueño que pertenecerá al mundo.
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La pintura que ilustra este relato es de Marc Chagall
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