Los perros de Santa Rosa

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Si viviera en santa Rosa
iría a una perrera que estuviese cerca
y miraría los ojos de cada perro y de cada perra
«¿Los quiere para cuidarlos o para comérselos?»
Se trata de la voz de pito del encargado
Le digo que no se equivoque conmigo
«Por eso he preguntado», me dice.
Confieso que casi me hace reír.
Le digo que se vaya o le meteré dos hostias
y vuelvo a concentrarme en mi poema
que trata sobre perros y perras
en una perrera de santa Rosa
donde iría, como he dicho,
caso de vivir allí.
En santa Rosa lo mejor que se puede hacer
un domingo por la mañana / 
es visitar la perrera más cercana
y tratar de empatizar con las miradas
de esos perros y de esas perras.
¡Eh, chicano, el de los chistes
me los llevo todos!
«Pues compre la perrera
y estamos en paz.
Yo no me voy a llevar a cada puto perro
y cada puta perra
porque el transporte me saldría por una pasta».
Joder, pensé, qué agudo eres, hijoputa.
Lo mejor que se puede hacer en santa Rosa
un domingo por la mañana
es hacer un poema malo
que hable sobre el alma y cosas de esas
y procurar que no se meta en él
un jodido chicano
dueño o algo parecido de una perrera.
«Sé que son para comértelos o…»
¿O qué, pedazo de cabrón?
«¿Podría grabarte mientras?»
Mientras qué… dilo.
Miro los ojos de esos perros y de esas perras
la mayoría de esos animales
tienen las patas demasiado flacas
para sostener los mosquitos
que se les posan en el lomo.
«No tengo todo el día, hijoputa»
Pero es que ¿No ves que estoy escribiendo
un puto poema, chicano cabrón?
Los perros parecen asustados
más de vivir que de que otra mosca se pose
sobre su lomo
y se haga con las riendas del único
pedazo de carne que les queda.
Es domingo,
llueve en santa Rosa.
¿Cuánto, chicano?
«Bah, te lo regalo, por caerme bien»
Joder, pienso entonces, qué pibe más chalado
qué hijodelagranputa.

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