Los durmientes y los niños (una poesía sobre otras dos o tres ardientes tumbas)

«Largas trenzas recorren el jardín.

Los sapos rojos saltan.

El sonido del agua es tan profundo

que casi puede oírse al otro lado»

(María José Vidal Prado, «Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo»)

.

Mariseta descansa. El niño habla desde el vientre de un animal llamado, asimismo, familia. Él le dice a su hermana que Edvard Munch, autor de vampiros, le prestó su mano, alzada, para deletrear un lienzo. Ese ala amiga es una latitud coherente de partidos de fútbol dominicales, una teoría donde descansa la figura de la cabeza dotada para ser acariciada y posteriormente cortada por el verdugo de la verosimilitud. Su hermana, ángel de tres sexos (de los cuales el tercero es el desaparecido por las otras dos manifestaciones), le dice que tradujo para él El libro de horas a la edad de quince años. Fue, asegura, su traducción más libérrima. Mariseta duerme. Mariseta sueña barcos naufragando en copas llenas hasta su mitad de Ginebra. Mariseta empeña la casa donde nació su hijo a cambio de una herida que sea suya (mismamente nacida en la palma de su mano izquierda). La hermana, en su inocente mundo de monstruos al acecho, compra, por un par de fósiles, un ataúd donde dice no volver a enamorarse del suspiro contenido en una saeta. Marisa, esa mujer cuyos ojos se encuentran observando hacia adentro, lee horóscopos donde el año del mono y el del dragón fornican juntos un Aleluya aún inédito. Y la primavera eran dos margaritas, unidas por un verde montículo, cuyo musgo, en ocasiones, daba cabida a tres personas y sus inabarcables ronquidos de pensadores alertas a cualquier atisbo de noticia venida de este mundo. Un mundo es un papel de lija herido. Es una botella donde dos fantasmas copulan en silencio, bajo la coartada de un par de sábanas. Mientras, un minuto más allá, una gárgola tosía lentejuelas de vestido añejo. A diez metros, solamente, el borracho del pueblo decía en el bar que él era poeta. Pues si eres poeta, Mateo, haznos una poesía. Es que no me salen cuando estáis aquí. ¿Nos vamos para que te salgan? Sí, por favor. Y una mierda, nosotros no te dejamos aquí con barra libre. El poeta, de origen caucásico, dice llamarse Hombre. Es una mujer, sin embargo. Mientras Mariseta sueña con un balcón, ella se tira desde ese balcón y cae en los brazos del poeta que, a estas horas, está bebiendo vino malo en el bar. A veces hace chistes. Otras calla. A veces se queda dormido sobre la barra. A veces es despertado a miles de millas de su casa, dicen, cerca del bar. A veces lo llevan a hombros y el hombre duerme en unas mantas cuyo hedor le trae un país tan remoto como España, un país donde casi cualquiera puede reinar. El libro de horas es un libro donde cada muerte es personal, donde solamente existe una sobre cada ser viviente. El sapo rojo concluye que el poeta del libro de horas, antes de llegar al verso final, «cierra su cara». La vendimia acá es una cosa seria. Los lagartos descansan sobre los helechos de vapor que fabrica en el cielo un Boeing 747 con destino a Fiumicino, aeropuerto de Roma, tumba de Keats, cerca de la de Wilcock, una lápida donde se lee la palabra Poeta. «¿Quién, si yo gritara me oiría / entre las jerarquías de los ángeles? » Se dice ella, que duerme, pero no sueña, que sueña que un día soñó con que hoy era el día del sueño, en una noche donde un poema es un hombre diciendo en la calle que no tiene trabajo, que él, a lo sumo, sólo quiere una ayudita para poder comer un bocadillo. El sonido del agua es tan profundo, que en las profundidades del lago sólo se oye un sueño (resumido en una botella rota y una inyección antitetánica). Dentro de esa botella, Mariseta duerme. Sueña que soñó, de soñar, cuando no recuerda que una vez se dijo que hoy era el día en el que regresar al bar y recoger a un borracho que dice a los asistentes que es el poeta del pueblo. Vete a dormirla, Mateo. Uno empieza a describir el picor de una roncha dentro de un texto y, sin querer, le sale Paradiso. Paradiso es una puerta donde el psicoanálisis se apaga al ser abierta y los niños salen a la luz del sol a recitar canciones que aún no han aprendido. Al otro lado hay un jardín. Sus trenzas, recogidas, descansan por sobre las apátridas flores (regalos vacíos de mayordomos enamorados) y las musas son veneradas por Apolo, cuñado de Mateo, el poeta del bar de enfrente que una vez, otra y otra vez más asegura a los oyentes que el queso, cuando rancio, la madre que lo parió… y calla. Y no dice nada más. Y los muertos son sus amigos, los mejores y únicos, en ese silencio en el que, a punto de caerse por sí solo, acierta a pedir otro trago, a quién si no a su mejor consorte, Luis, el barman, un nicaragüense que abandonó sus estudios de química para encontrar, en Huesca, un solar más generoso donde saludar y decir adiós a un tiempo que es la vida, creyente de leyendas como la de Pedro Páramo, alguien vivo que acudió al interior de un sueño a escucharse a sí mismo contar algo semejante a su verdad al mundo. A este otro lado, los durmientes, flotan en el agua podrida (tantas veces venerada por Julien Gracq) como restos de paja que posó allí el viento. ¿Es usted Marisa, llamada acá Mariseta? ¿Es usted quien se sueña, a la vez que no sabe que se encuentra soñando, un texto extraído por una traducción de María José Vidal Prado de un idioma que sólo acierta a intuir Luis, el barman, y que suele traducir como: Otro clarete, Luis o, en su defecto, un Sol y sombra, Luis? A las cinco de la madrugada un pececillo nada en la marea de un vaso de caña de bambú y un borracho anda convencido de que lo que le espera ahí afuera es el cementerio del lugar. Porque, si no, con este frío, se dice, el angelico, carezco del coraje de vivir. Y no vivir es a veces sólo formar parte de un sueño. Y no soñar es, a veces, sólo eso que despierta a la hora en que una lápida de piedra señala una sola fecha, dejando en suspense una segunda, ilegible, carcomida por la piedra de la propia piedra de la lápida. Una muesca en la carrillada de un espacio en blanco, y una línea final, repetida, donde no se lee nada. «Solamente el asfalto» podría ser un buen título si esto fuera una poesía. Pero María Luisa duerme y sólo despierta cuando un niño aprieta la herida aún no existente de la palma de su mano izquierda. El corazón comete crímenes mientras, en la desolada escena del lugar, retransmiten la misma peli del día anterior. Pero Mateo, el borracho, no está de acuerdo. Tampoco, por otro lado, sabe a ciencia cierta en cuál de sus tres bolsillos se encuentra su monedero. Si pesa más de la cuenta y si, de hacerlo, dónde pesa, en cuál de esas tres aperturas a un más allá donde hay una mujer de quince años traduciendo a Rilke para poder beber en paz un trozo de rumor de un oleaje, el silbido de una duna desértica ataviada de un enebro roto que se asemeja mucho a la intención apenas disimulada de un simpatiquísimo, huelga a un tiempo añadir fúnebre, espantapájaros desnudo. Me duermo. Me espabilo. Estoy acá y allá. Sólo soy el agujero primero de una flauta de pan, cerca de Jajouka. Una nota vacía para un bebé que sopla moviendo la cabeza. Un bebé que dice no al hecho de que un plato de sopa debe enfriarse. Iluminado, en mi palmatoria, por una vela, mi sombra es la de un hombre que una vez, en una canción, fue alimento omnívoro de sí mismo. El cuerpo, despojado de sus órganos, es una viña donde Mariseta trabaja poniendo en orden su memoria, la de un sueño que, ay, no tiene. En este lugar tan común a la risa loca, una niña eleva sus manos hacia algo parecido a un marco. Dentro de él un folio en blanco representa al iluminado, que nada sabe de sí y nada espera, que todo lo tiene en algún bolsillo roto por cuyo agujero se ve el mar. Es el mismo agua en el que el mar flota el que lo ahoga, el que convierte en canto de sirena la voluntad de perecer en un barco aún a riesgo de que la música (la que jamás acaba) suene y sobre el timón anide un pájaro más anciano que el mundo, más sutil que esa ciencia que demuestra que un planeta gira alrededor de una órbita. Aquí, en la órbita del poema, un niño, montado en un caballo de madera, cabalga sobre un campesino asesinado junto a su mujer y su hijo en un pequeño pueblo de Ciudad Real, allá por 1937. Temblar en ese disparo es un deseo que se resuelve temblando, luchando contra los vaqueros o los indios mientras las nubes de este solar se desplazan en el sueño de mi compañera y el sol duda entre salir o no, la puerta de la ventana se abre y el viento fabrica en sus dos estrofas alas de grajo. La noche es rotunda. La oscuridad es un dios ciego que no sabe encender luz alguna. Algo sin cielo mora alrededor de una presencia, hecha con la varita mágica del sueño de aquel o aquella que, silente, pone en orden su particular microondas de pensamiento, desenchufándolo de la corriente. La corriente es algo que va hacia el pasado y los futuros, reencontrado una y otra vez en un lugar donde repelen las fuerzas y los organismos se alienan de dicha. Es la particular venganza de la vida atómica. La belleza de una cosa es sólo esa y ahí reside, eso es lo que dice el borracho del pueblo a Luis, el barman, cuando pide otro licor de endrinas. Eso, y nunca otra cosa. Eso es la ley de la gravedad, que es en donde la noche toma registro de cada propiedad escondida en la propia nocturnidad. La acoge y da calor, como una simple manta en la que envolver un cuerpo hecho nada más de vello púbico y nervios. Una víscera, a veces, toca la luna. Un cuadro repara en que nunca ha sido realizado. Sin embargo, dice, fui mostrado, con el orgullo de mi benefactor, tantas veces. Con y en él. Es una parada de tren donde una vía funciona como imagen de vena que no se ve de cara al procedimiento de un informe médico en función de lo que pueda decir una analítica. Recuerdo una poesía de un autor rumano que decía algo así como Adónde llevas tú el animal que te ha sido prestado. Es una pregunta que no tiene respuesta. Llueve. Llueve barro. Hoy ha llovido barro en el lugar donde vivo, dice Mateo, nuestro poeta bendecido por la sobriedad de estar solo. Y continúa: Me parece una imagen absolutamente normal del día. Joder, es genial que llueva barro. Que el barro sea capaz de ser llovido es la repanocha. Adoro que haya llovido barro hoy, en serio. Que llueva o haya llovido barro hoy es la más absoluta genialidad de todos los tiempos. Mariseta duerme en un verso sin medida de María José. Las aguas, estrechas y profundas, se congregan en mi somnoliente cabeza de pez que, buenamente, intenta respirar mientras, inconsciente, nada en una pecera de nombre Pueblo (como la famosa marca de tabaco). Acá sigue el reloj parado a las cinco de la madrugada. Acá cada tren sigue parado en espera de que sus pasajeros despierten, se muevan de una vez, aunque terminen ahogándose ante una alucinación donde la palabra Vacío reluzca en luces de neón. Un mosquito me ha picado en el cráneo, llora la bendita enfermedad del sueño. Los niños, en su finita alegría de pares que cabalgan por encima de los pozos y las enfermedades venéreas, toman el poder de las legislaturas y nombran señor al poeta, que es un borracho que aquí hemos llamado Mateo sólo por concederle el muy dudoso honor de poseer un nombre. La mujer que sueña desaparece de su nombre. Es hoy una identidad de cinco de la madrugada ¡Han pasado dos noches, quizá tres, y acá siguen siendo las cinco de la madrugada! Los niños, desde que tomaron la ley, desde que hicieron visible esa posmodernidad de banquero amabilísimo, eyaculan anarquistas coronados a la sombra de los abedules. A la sombra de los abedules, los felices y los menos felices, calculan en sus dedos anillos que no existen, y nunca es demasiado tarde como para, por ejemplo, dejar de fumar. El bar, a buen seguro, está cerrado a estas cinco de la madrugada. El cementerio es una novela, también cerrada. La lápida es una historia desaparecida, quemada por su autor. La fosa es un firmamento de cal y lumbre. El pueblo un olor a víctima de desayuno recién preparado por un empleado del hogar. El sueño, una opción en manos de Mariseta. El verso reposa sobre un pájaro llamado Nevermore. María José Vidal Prado sueña con museos en ruinas, caso de soñar, quién sabe qué, qué quién. Traduce versos de uno mismo hacia el fondo fatal de la página, donde un ombligo reclama autoría a un pez en el interior de un licor anónimo…

Hay aún tantas sombras de las que hacerse dueño a las cinco de la madrugada.

(«Mochuelito-de-vida, tu grito,

no cuento cuán a menudo.

También tú tienes que descarcelarte»)

.

En la imagen: Un óleo de Roberto Alberto

Comments are closed.