Los días

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Me pasa a menudo
descorro las cortinas de mi pieza
y me sorprende la luz.
Apruebo lo sorpresivo del caso
aún sin entender que la noche no siga ahí afuera.
Me cuesta mucho apagar el interruptor.
Finalmente lo hago.
Sólo consiste la cosa en aceptar
que uno no muere cerrando los ojos tan sólo,
como quien dijese: con un simple chasqueo de los dedos.
Uno tampoco es que quiera morir.
Le mueve la seguridad de saber que su tía
no ha perdido la conciencia aún
en el asilo de ancianos
y que puede servirse del recuerdo
de haber besado a alguna que otra mujer bella,
incluso el recuerdo de todos los rechazos
sirve de apoyo.
La curiosidad de si sobrevivirán o no
las crías de golondrina
cuyo nido apareció pegado a la puerta del garaje
hace dos semanas.
Uno se recuerda hace dos semanas
y no quiere morir,
tan sólo sentarse y ver la vida pasar
como si lo hiciera adecuadamente
como si hubiera sido él quien de veras
la hubiera vivido
y no ese espantajo con quien amanece en el espejo
al que, por algún motivo que no conoce,
levanta la mirada tras echarse agua en los ojos.

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