Lo que no tiene nombre

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Llevo la locura en una mano y, en la otra, una maleta abierta que contiene todo lo que ha sido derramado de ella. Llámame la nada, o lo que no acierta a encontrarse. Llámame anciano que deposita migas de pan en los picos de las tórtolas en un parque que ha construido bajo su casa, que no tiene tejado. Llámame senectud y años mozos de un presente continuo. Pájaro ardiendo sobre la pipa que un viejo comedor de peyote enciende sentado entre novísimos maizales. Llámame inviernos cegados por el viento de marzo, pisadas ya dadas, las que diste tú por mí, amigo de la bestia, de la longevidad y de las flores. Llámame plato de tallarines en el restaurante de Pequeña Flor casi Dorada. La amargura, eso somos en esta noche tranquila. Una amargura que sacia de sed el vidrio del que ambos estamos hechos. La campana de cristal, la amapola cuyo tallo se recoge en una venda. El médico que nos dijo que sólo nos quedaban treinta años de vida. Llámame tiniebla de bajatarde, compañía gratuita, egoísmo que nutre su elemento con tu intento de captarlo, de cogerlo, de ser esta nada que despierta cuando anochece y come de los frutos de un árbol que hemos inventado ambos. Llámame la posibilidad de un amor, la necesaria bifurcación de un río, el bebé que llora desde la incubadora ante la contemplación de un par de bedeles. Llámame el efecto que nos provocó el consumo de estramonio un mediodía de 1997. Estábamos tan aterrados, amigo, que no dudamos en cogernos de la mano. Llámame quien intercambió su miedo por el tuyo. Llámame desleal. Total, tú también te vas a ir y en nuestras tumbas sólo pondrá que fuimos amigos el uno del otro. Llámame recreación de alguien que, resucitado, contempla en una mueca tuya un templo en ruinas. Sé la voz que llama. Y llámame lo que quieras. Pero llámame.

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Ilustración: «After recess», una ingeniosidad del llamado a genio en vida (no dejó de serlo ese apenas pobre diablo rozado con el don de la sustancia) William Kurelek

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