La voz que duerme

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Vivo a 40 metros de un cementerio,
a veces, en la noche
oigo llantos procedentes de las tumbas.
La plaza que hay a la salida dispone de rotonda
y en su mitad chocan contra una señal metalizada
fabricando el eco que llega a mis oídos,
lloran susurros difíciles de pronunciar
apenas un sostenido de guitarra clásica mal afinada
en su sexta cuerda.
Busco encontrar la respuesta a lo que quieren,
pero me pregunto que si quisieran algo
quizá no responderían así, llorando
interrumpiendo la salubridad del paisaje
que acompaña a la calle cuando no pasan coches,
al momento en que me giro a la izquierda de mi cama
a mezclar esos llantos
cuyas lágrimas, probablemente,
se dan en mi propia tumba.
La primera vez que lo oí abrí la ventana,
pensé que un pájaro se había quedado
atrapado en la persiana,
pero no, son quienes ya no viven
trasladan a mis oídos un secreto ininteligible.
He procurado descifrarlo.
Quizá sus palabras sean el somier
sobre el que reina una cabeza
que necesita frenar muchas veces
tras atisbar el precipicio,
el tiempo en caer
son el mencionado eco
que se acurruca dentro mío
entre mi miedo y los órganos.
Cuando se oyen los lamentos,
esos órganos son vacíos diminutos, apenas existentes,
y lo otro,
el diástole de la ecuación
se aviva
al pender de un lugar
donde yo daría el resto de lo que me queda
por figurar dormido.

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