La venganza

0 No tags Permalink

Tardé en liberarme de las enseñanzas
jesuíticas.
Tenía ya mis 18
cuando me di a vengar
un desprecio
por el que había pasado un año de duelo,
y lo hice desde la naturalidad.
Tiré a la papelera su carita de Venus
en una absurda discoteca donde vino a rogar algo
y de seguida mi cuerpo entero respiró mejor.
Al día siguiente sentí cierta similitud con una estatua
abierta de par en par a un mar
al cual el efecto del oleaje procuraba brillo.
Llegué a saberme inmortal durante dos días, quizá tres.
No pasaron muchos años en que volví a recordar
a la dueña del desprecio
de quien poco o nada sé de su cara en la actualidad.
Toda esa libertad, esa respiración primera
de haber renacido matando
me hizo saber miserable.
Lo fui, buscando su teléfono
y lo fui llamando.
Quería que me perdonase,
pero se limitó a atizar la vulnerabilidad
que yo le exponía.
No sé qué aprendí de ello.
Insistí dos o tres días
para finalmente anotar en mi libreta
que todo era mentira
y que no había nada de lo que debíamos privarnos.

.

Comments are closed.