La velocidad

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Cuando camino por el centro de mi ciudad
sin elegir destino
a menudo, tras encontrarme perdido,
me busco en las lunas de los coches
que pasan por las calles principales
a gran velocidad.
Veo mi rostro irse en un Volkswagen blanco
y regresar en un Seat Ibiza amarillo
para luego continuar a revelarse
en un Renault 406 azulado
mientras el semáforo cambia su disco
y los peatones asumimos nuestro papel.
Curiosamente, y es cierto,
mi rostro es más viejo, lo noto
en cada cristal que huye.
Envejezco con la manera de usar el acelerador
del conductor que se va,
que, tras cuatro segundos,
sólo es el recuerdo de una eternidad
que resultó pasajera.
Cuando todos los autos están quietos,
yo ya he regresado.
Mi rostro vuelve a estar ahí
en un espejo cualquiera, muy remoto,
sólo levemente más que aquellas lunas en marcha.
Lo que acecha es eso,
sigue ahí,
se le puede llamar realidad.

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