La salida a ningún lugar

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Recuerdo pelar cientos de cardos grises
y devorar su pequeño fruto.
Me veo salvador de su hazaña
de crecer hacia la luna
partiéndoles con mi espada de madera.
Me recuerdo necio y príncipe
bajo las aguas atormentadas de un pantano frío.
Me veo señorito de los andurriales
camino de la voz que viene del destierro
de cada nicho en ruinas
perteneciente al cementerio viejo.
Me soy salvador de la penumbra en las callejas que daban a un muro
donde choqué mi cabeza hasta hacerme sangre
en busca de traspasar el alimento
del que no debí saciarme.
Ya en la adolescencia cambié
y me hice tonto,
tonto del culo.

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