La razón

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No sirve de nada decir que lo plantó otro
que la bruma lo arrancó
que fue la escasa clemencia del temporal
o el pisotón de uno que andaba descuidado.
No sirve de nada decir que fueron ellos
quienes te arrancaron de la vida
a puñaladas.
Que una de ellas acertó
y que tu cabeza hoy es un hueco
por donde se filtra la semilla
de una época que poco tiene que ver con la luz.
Esa luz es cegadora
y tu cráneo un fusil
abandonado
por la mano caída de un hombre roto.
No sirve de nada echarle la culpa a la penumbra
ni al sol que se esconde
tras una montaña que supura nieve.
No sirve una milonga que dé crédito
a la ausencia de grietas
por las que el agua debió pasar
y, así, beber el grupo de sedientos
que guardan fila
tras una montonera de cadáveres
que, parece, lo intentaron a su modo.
No sirve de nada decir que fue la tierra
o el imperturbable eco
que tanto divertía nuestra niñez
en las tardes que visitábamos las paredes
de unas rocas cóncavas e indecisas.
De nada sirve decir que hoy estoy aquí
y mañana quién sabe,
quizá me fui con la voz
buscando la nada
con que están hechas mis ropas
y un naufragio
que me sabe temer
mas cuando le cedo algo
señala una razón que no comprendo.
Me digo a mí mismo que tampoco fue ella.
Ella, la razón,
tampoco estuvo allí.

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