La culpa

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Cuando se acaba la verdad
hay duendes arrepentidos
que se dan a aparecer
con sus bocas llenas de heridas
bajo la levedad que uno muestra
de cara a un cielo.
Te piden el carné
y te dicen si es necesario remitirlo
a una persona que lo clarifique.
Son los piojos de esos duendes
quienes extienden firmas
en las que acaso es ilegible
el nombre que las representa.
Una vez en los juzgados
uno dice que fue el amor
lo que lo llevó hasta allí,
pero no cuela.
El juez es uno de ellos
y advierte que el miedo tuvo su culpa.
Al final te declaran culpable e inocente
de no haber lavado una ropa
que siquiera es la que uno viste
más que la de las heridas de esos duendes.
Hoy están recriminando a otra persona
el hecho de no estar en el lugar del perdón.
Hoy mueren de inanición
y firman un papel en el que dice:
La tensión le ha subido, señora mía.
Es culpa nuestra.

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