Hasta por siempre

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Y llegará el día en el que Ana y yo
le contaremos a nuestros nietos
que hicimos parada en la carretera a Burgos
y, bajo el hostal,
que olía a prostitución
contratamos las labores de un empresario
bajo fin de que nos casara
disfrazado de Chiquito de la Calzada (Q. E. P. D)
y ofició.
Cuando hizo las pertinentes preguntas
ambos dijimos Jarl
y huimos de allí,
en la radio sonaba el Speak no evil de Wayne Shorter.
Ana conducía mientras yo besaba su pelo,
encendía mi pipa
y abría una petaca que olía a esencia de malta.
Llegamos lejos,
hasta el momento en que,
en la actualidad,
al vernos,
nos miramos a los ojos
que, sinuosos los cuatro,
no cesan de repetir:
Te veo aún mejor que aquella primera vez
en ese hostal de Madrid donde,
joder,
todo fue maravilloso.

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