En las calles de Laredo

Iba yo recorriendo a lento paso
las calles de Laredo
cuando una vieja apareció
me dijo que era La rosa amarilla de Texas
y que debía besarle en la boca.
Joder ¿Acabas de besar a tu perro?
Le pregunté, su aliento procedía de una barraca.
Me gusta más cómo me besa el caballo, dijo.
Besas bien, dijo.
Vuelve a besarme, dijo, esta vez sin dentadura,
Le metí la lengua en la boca
y aguanté la respiración.
Ella dijo que hacía dos meses ya
que un hombre no la besaba,
que me invitaba a comer unas gachas.
Acepté.
Sabían peor que su aliento.
Se desnudó.
Tenía una pelambrera que le cubría parte del muslo.
Entonces cantó: Ellos me llaman la rosa salvaje
pero mi nombre era Elisa Day.
Cogí un cuchillo japonés de su cocina
y le rajé la garganta.
Luego le robé uno de sus caballos y me marché.
Con el tiempo he aprendido
que no está tan mal eso de darle un morreo
de vez en cuando a ese caballo.
En Laredo han puesto precio a la cabeza de un hombre
que hace el bien.

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