El corralón de los locos

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En mí los encierros son normales
y responden a una lógica un tanto rebuscada.
Al despertar meto lo que he soñado en agua
por si de aquellas secuencias
resplandeciera algo bonito.
El tarro de los sueños está en la mesa de la cocina
con una mitad de aire.
Si me dan permiso, lo uso
para salir a la calle a contar plantas
y mirar contenedores de basura.
Si no, echo mano de un libro al azar,
lo abro por una página al azar y declamo en voz alta,
pero no lo suficiente alta como para despertar a los enfermos
que se encuentran descansando.
Los encierros me trajeron una niña
que señalaba un mapa.
Le pedí permiso para abrirlo.
Los continentes estaban hechos con retazos de piel humana.
Quise comprender en ello algo como que
de eso sirve planear la vida en soledad
cuando tienes un techo y unas paredes blancas
y sueñas con un camino.
Naturalmente, de lo que quiere hablar ese mapa
es de algo que importa poco.
Susurrante e irreverente, nos dice
que ese camino se encuentra en el mundo.

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