El antro

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Se acercó a mí
el resto de la barra sólo representaba ruido.
Me preguntó qué buscaba
y señalé mi tercio
dije que seguramente pediría otro y otro más.
Dijo que le parecía triste.
¿Y tú qué haces?
¿Has venido a opinar sobre lo triste que soy solamente?
Dijo que lo lamentaba
y yo respondí que no me había molestado.
Pedí otro tercio y ella señaló que me quedaba la mitad,
cosa que solucioné en un instante.
¿Qué haces? Preguntó.
Le dije que se fuera al cuerno.
Su mirada, por un momento, pidió clemencia
antes de que su mente concibiese la realidad
de hacerla notar que había abordado por las buenas
a un completo desconocido, aún más
también para sí mismo.
Estuve a punto de preguntarle a qué se dedicaba
cuando me dijo que de acuerdo,
que hiciera lo que me diese la puta gana.
Me tentó convencerla de que se quedará,
me tentó incluso decirle que me era adorable
su aparición dentro de la nadería
irrespirable de ese antro.
Pero no lo hice.
Se fue
y lo hizo para siempre.
Tampoco resultó ningún drama, cierto,
mientras pedía otra ronda y otra más
yo era consciente de estar cumpliendo una promesa
hecha a una desconocida
salida de quién sabe qué y de dónde.

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