El anonimato

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Eras una penumbra,
una cordillera donde la grava descendía rápidamente;
eras, y eres, supongo, sí,
eras, has sido y también eres
el recurso de la gubia
con la que desprendí el primer linóleo,
el hígado que levita
en un calabozo inventado
a cuyo interior escupes
desde el otro lado de las rejas.
A veces es demasiado viable detener el tiempo,
congelar el movimiento de un planeta,
visitar una floristería con la intención de mirar,
ser el transeúnte favorito
de alguien que permanece en el anonimato.
Una vez estando juntos
estuvimos de acuerdo en que teníamos sed de agua,
el resto de las historias son lo suficientemente borrosas.
Eres el fantasma que escribe nuestro cuento,
(que es un cuento que ninguno de los dos conoce).
Hubo un cielo y un limbo,
hubo un ombligo,
hubo discrepancias
entre las maneras de echar un vistazo
al periódico de la mañana,
y las diferentes formas de pisar el suelo
eran un violín quemándose en la mano y el hombro
de una despedida.
Por si acaso, he echado la carta al buzón.
No hay remitente alguno ni ninguna pista que indique
que fui yo.
Hay pocas cosas y, me digo,
es bastante probable: Se encuentre durmiendo junto a ellas.

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