Tres poesías y una canción

“… Incluso vestir ese conocimiento -pues nuestra carne / nos rodea con sus decisiones- / y sin embargo pasar toda la vida en imprecisiones, / pues cuando empezamos a morir / no tenemos ni idea de por qué.” (Las bodas de Pentecostés, Philip Larkin; trad. Damián Alou)

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Actualidad

Recorro las esquinas de mi casa
en la ociosa búsqueda de un latido.
Un nombre de animal
en el cual mecer mi corazón
y morir, digamos, sensatamente
de un espasmo, mientras el resto de la humanidad
acaricia con los ojos la virtud afable
de una retransmisión deportiva.

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Posibilidad

Estábamos en el monte, sentados bajo un abeto,
olía a madre.
Le dije que mi corazón era una especie de hipo,
que no se preocupase
que se pasaría en cuanto ella se fuera.

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Compañía

A veces me pregunto, pájaro
qué paquete de libertad te envuelve
y obtengo que me cantas
mientras te sirvo las migajas de una galleta
picoteas la tierra
y uno de tus ojos es ya una nube inamovible

que rumia flores de tu pico

y tapa el sol.

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Biografía

El niño superdotado de Crónicas Marcianas
tenía sacadas tres licenciaturas a los 21 años.
Yo, a esa edad, saqué, con suerte, un cinco en Antropología.
Estaba muerto
y mis amigos me lo decían de vez en cuando.
Era el cerebro necesariamente roto
de un equipo de fútbol.
En mis papeles de la seguridad social ponía
que era esquizofrénico.
Fumaba porros, bebía varios litros de cerveza
y les decía guapas a las chicas.
El niño superdotado de Crónicas Marcianas no era
precisamente
mi modelo de conducta.
Yo quería follar con él y con una cuarentona Kim Basinger,
me masturbaba mientras escuchaba a Johnny Cash
cantar Hurt
y luego esnifé mucho pegamento.
Un día me pusieron una matrícula de honor
e hicimos una fiesta en casa.
Hubo filete de buey.
Fue divertido mientras duró.

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Foto: (Yo)

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