Dos poemas y un capricho

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Mi viejo compañero
reloj de la marca Casio
adquirido en un decomiso
que hoy es un bar cerrado
se me empeña en dar vueltas
alrededor del mundo.
En el soniquete pasado de moda
de su despertador
adivino, en ocasiones,
la palabra «nube».

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Hoy un abrazo
es una liebre escondida
bajo ramajes sostenidos en el aire
por su propia invisibilidad.
Hoy un abrazo es el lecho muerto
donde yace un grajo,
la cuna más ancha
del lugar en el que quisiera
rozar tierra
antes que llegue la tarde.

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Una de las cosas que más disfruto en mis cada vez menos corrientes (para mí supondría un retiro de lo más grato, pues se trata del paraíso mayor que he conocido a lo largo de mi vida) al pueblo donde nació mi padre, La Calera, es solamente un detalle que gusto de reseñar: Esa cosa que tiene el ir al bar y pedir un whisky con hielo (sólo hay vasos altos y las marcas J&B y Ballantine´s -a saber debido a qué prejuicio me deberé a la hora de decantarme por el segundo, cosa que hago-) y, tras disfrutar, tomándome mi debido tiempo y con las maneras de coger el vaso de un Marcel Duchamp durante su periplo argentino, decirle al camarero en voz, en la medida de lo posible, baja «Cóbrame esto y… espera, también lo del resto de la barra». Tras hacer con la cabeza sus debidos cálculos, sólo en ese instante, oigo de su boca las palabras: 11 euros. Les aseguro que es lo más placentero de todo lo ya narrado. Tras eso uno se pone su chaquetilla de pana y, les aseguro, en su salida, que da a la plaza, descubre en el frío maná.

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