Domingo de Marzo I (4/03/09)

Sale una broma de sol, pero no es el sol. El sol está en otro momento, comiendo, con sus rayos, lagartijas.
Lagartijas veo, si abro la puerta de la calle, correr por enredaderas que nunca se terminan, o cuando no puedo dormir y me levanto y leo un poema de Eugenio Montale y no tengo la prisa del recreo ni el extremo oficio de la araña.
La araña hace cementerios perfectos en un sótano donde nunca bajo porque odio la escalera.
La escalera es un abanico que se baja para llegar al sitio donde hace el aire.
Allí hay un sótano que tiene una luz en el techo y se enciende sólo cuando un niño dice bien la contraseña.

Hay una araña en el sótano a la que Sergio pronuncia “ariadna” y vive en la galaxia que fabrica, poco a poco, con las huellas de su máquina.
Cuando fabrica, la araña, el sol está comiendo lagartijas en las inexplicables hierbas que brotan, al decir una palabra, bajo la alfombra.

Cuando por fin sale el sol en casa, Sergio y yo, nos metemos debajo de la alfombra para que no nos vea y, mientras nos abrigamos para ser ocultos, somos dos lagartijas que nunca se terminan ni empiezan, que saldrán en la noche camino del alimento.
Cuando empezaron las nubes, las pelotillas de una alfombra eran lentejuelas de un vestido usado en una fiesta y, cada persona del lugar, nos esperaba envuelta en una fina sábana que no tenía.
Susurraban esos falsos fantasmas a mi oído, en aquel entonces, en español, los versos de Eugenio Montale que dicen

He bajado un millón de escalas dándote el brazo
no porque cuatro ojos ven más que dos.
Las descendí contigo sabiendo que para nosotros
las únicas pupilas verdaderas, si bien desenfocadas,
eran las tuyas…

Lo que yo intento explicarle a mi niño es que la araña que vive en el sótano, que ella y el sol, son un perfil y el otro de la cara del dueño de la casa.
Calla, me dice Sergio, no vaya a oírnos.

Cuando está cerca, su paso se reconoce en el sonido de unas llaves que no abren más que los libros de una difunta biblioteca.
Las llaves, cuando están en su sitio, relucen como una chapa negra, y la araña está tranquila haciendo nuestra ropa.

 

Ilustración: Javier Reta

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