Del forúnculo y el hombre

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Era mediados de otoño,
hará tres años de esto.
Fui a que me estirparan un forúnculo dentro del ano
al hospital Los Madroños.
No podía prever que aquello duraría tan poco.
El doctor fue tan formal,
era más joven que yo
y me prometió que pararía si me doliese.
No le mentí cuando dolía
y él cumplió su palabra.
Me preguntó qué tomaba para estar tan animado
¿De veras lo estoy?
Claro, dijo. Este es el séptimo forúnculo que quito hoy
y tú eres mi paciente más grato.
No le mentí. Le dije que tomaba dosis altas de Prozac.
En mi vida había visto un doctor tan profesional.
Cuando terminó le di un beso en los labios
y, debido a su cara de estupefacción,
le dije que no se fuera a pensar que lo mío era rollo gay,
sino pura emoción,
amistad,
gratitud,
alegría.
Que no es que quisiera nada con él,
pero que, si coincidíamos en otra vida,
le reconocería entre un millón.
Me dijo que yo era muy majo,
pero que no le diese otro de esos besos
porque temía infartarse del susto.
Le pregunté si ya podía subirme los pantalones.
Me dijo: Claro, man, en breve estarás como nuevo.
Le dije que le enviaría flores cada día
y él me dijo que no me creía.
No cumplí mi palabra
pero ese hombre, dentro de su bata blanca,
se ha construido una forma mitológica en mi sesera.
Todas las mañanas rezo al buen doctor,
encamino mis pasos por la casa
con la seguridad de que un día conocí
a todo un profesional en lo suyo.

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