Cristi

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Tu mirada es la del sol a esas flores del desierto en las que a veces eres representada por mi manera de perder el raciocinio. Tus ojos son el dilema del ruiseñor una vez aparecida la primera luz del alba. Ahí, bajo la rama, uno te mira arrancarte, cual hoja otoñal, de una presencia que se esconde en cada poro de esa piel por la que también respiras. No me mires así, sé que no soy digno de mucho más que de tus palabras de aliento. Una mañana se hizo noche demasiado pronto. Al ver que estabas allí, cerré los ojos y te quise como la amiga que escucha atentamente el ruego de perdón -vacío- que una palabra mía tiene cuando sale de mi boca y llega, plácidamente, como si no acompañara el moribundo soniquete de la demás gente del bar, a tus oídos, para hacerse casi verdad, casi promesa, casi evangelio para el creyente observador de jeroglíficos donde sólo la voluntad de un grabador de tres años es presente. Dime una sola palabra y desapareceré de esta ceguera absolutamente voluntaria. Te abrazo, compañera, y allí no dejo de ser alguien que mira una fotografía donde sales tú sola, alejada al fin de estos murmullos, ajena al testamento último del Planeta Tierra.

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