Claudia y nosotros

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El primer chute
vimos
te tranquilizó
pensamos si sería suficiente
cuando aprendimos que te habías quedado sopa.
Tu cuerpo tan blanco
sobre las sábanas, tan blancas.
Tu mano abierta era un ala.
Quisimos ser tú.
Al volver preguntaste por la hora
pero ninguno teníamos idea
de a qué hora te referías.
Tu abrazo y el nuestro fue sincero
ameno,
blanco.
Luego, mucho más tarde, nos despedimos.
En ocasiones te imagino tomando té, no sé,
en Calcuta, sobre las tres del mediodía.
Tu pelo ya no es tan castaño.
En numerosas ocasiones,
a través de mi imaginación,
se suelta casi lascivamente
sobre mi brazo.
A veces, incluso, me atrevo a besarte.
Como ves,
no eres la única que debe haber cambiado
al menos un poco.

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