Calle Illescas, 1980

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Uno fue aquel chico fuerte
que hacía breves las madrugadas
sosteniendo un trozo de pan en una mano
y una manzana en la otra.
Nada podía con aquel muchacho.
El amanecer era su amigo
e insistía en ver su aparición
tras la persiana de su pieza.
El sol era un innegable amigo,
así como de la calle, de todo lo que había
bajo el piso.
Eran los jardines
coronados por la prisa de los hombres
que salían trajeados y con una maleta
en la que uno intuía papeles importantes.
Los veranos eran una nube que se iba,
el agua del grifo chapoteaba en todas las aceras,
la merienda preparada por abuela
era el manjar que yo elegí.
Y la noche siguiente era repetida
por igual
la felicidad,
ese cosquilleo de tórtolas encerradas,
en un chiquillo que se batiría en duelo ante el alba.

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