Caerse muerto

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No vale dilucidar
quién fue el dueño del primer suspiro.
Aquí la verdad es un roto
que se lleva en la cara.
No vale dilucidar
de qué cara he sido dueño
o si te correspondían a ti
unos gestos
que quedaron levitando en este vacío
que, mano a mano,
hemos levantado.
No vale dilucidar
si tus pasos se acercaban
o acaso se alejaban
de una figura lamentable
que me lleva a ti y también lejos de ti.
No sé de dónde proviene
la verdad de una mano acariciando tu pelo
una fría mañana de octubre
ni por qué no te dije que era yo
el hombre que se sintió primero por un instante
que se fue mientras meneabas la cabeza
hacia el otro lado.
Al despertar no estábamos ninguno.
Uno se cansó
y el otro
no tiene dónde caerse muerto.

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