Andrés Montes

A muchos nos dejaste solos
se habló de una misteriosa enfermedad incurable
que te hacía vomitar sangre
e incluso trozos de páncreas.
El cielo, en su azul,
sabe de la verdad de un hombre amable,
ingenioso, vital y melómano
(en tu casa del centro me descubriste negros
a quienes les faltaban piernas y brazos
que sacaban de una guitarra española
el sonido que mora en la raíz más profunda de los algodones).
Nadie dijo al día siguiente
que habías muerto por mano propia
en una España que se parecía mucho
a tu jefazo, Miliquito.
Levantaste un mundial
en el que La Roja no se llamaba aún así
con comentarios de sello
llenos de seso y espontaneidad.
Me tragué un Arabia Saudí- EEUU
sólo por escuchar la soltura
con la que te manejabas en tu oficio
eterno huérfano que vino de quién sabe dónde,
buscavidas de la propia vida
que se dio fin a su manera.
(Uno sabe que escuchabas a menudo en las noches
el My Way interpretado por las manos de Tete Montoliú).
Muchos eligieron la solemnidad de un extremo solemne
y más soso que él solo
como ese tal José Ángel de la Casa de la vida
acompañado por un Míchel que,
en televisión,
poco se atrevía a manejar las maracas
del cerebro de la selección colombiana,
el crack que jugaba para otros
a quien en el Calcio llamaban el Gullit blanco
(que, sin embargo, era mejor que el holandés).
Pocos saben que te jodieron bien
por la sencilla razón de mostrarte
tal y como he dicho
y simplemente: tú,
querido amigo de los acordes
que proceden del diástole de un corazón arrítmico.
Pocos saben que escribiste tu adiós
mucho antes de que fuera dado por sentado.
Sencillamente: porque te cansaste.
Porque te cansaron.

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